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    Encierro
    //Edgar Omar Avilés


    Después de cuarenta años de cárcel, de acumular voluntad para el cobro de cuentas, aquel anciano es liberado; lleno de odio hacia la humanidad se dispone a realizar la venganza: utiliza sus escasos recursos físicos y económicos para construir una jaula de un metro de superficie por otro de altura, que ubica en el centro de la plaza de su ciudad; la forja con gruesos barrotes y la corona con un enorme candado que cierra una vez él adentro, sentado en flor de loto.

     

    A las pocas horas una parvada de curiosos está a su alrededor, algunos le preguntan:

     

    —Viejo loco, ¿por qué te vuelves a encerrar?
    Aquel anciano contesta cargado de un añejo odio:
    —Ya lo comprenderán, malparidos...
    — ¡No lo creemos, viejo chiflado, no lo creemos! —resuelven entre burlas.

     

    Algunas de ellas crecen a la carcajada, otras menguan a la perturbación, cuando irrumpe entre llanto de doloroso éxtasis:

     

    —Ahora ustedes están adentro...

     

    En el viento de la ciudad empieza a propagarse la idea de no estar afuera. Poco a poco va reptando esa desesperación hasta ciudades y tiempos remotos, en los que no hay quien sepa de aquel anciano.