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    Desdoblamiento
    //Edgar Omar Avilés


    Han pasado algunos días desde que El Bondadoso apareció como tantas veces antes: eclipsando al Sol no sólo por su tamaño, sino también por su luz. Sin embargo, era Todo Odio, muertas sus palabras dulces, de paz y protectoras, con las que otrora nos arrulló durante siglos:

     

    —Me das asco. ¡Juguete corrompido! Yo únicamente creé a uno...
    —Te rogamos ya no amor; un poco de piedad y empezamos a cantar nuestras alabanzas, pero fúrico, en un estruendo, tajó:
    —¡Lárgate o te destruiré!

     

    Callamos aterrorizados; luego prestos, ante El Aplastante Peligro, redescubrimos un arte olvidado: de humanidad me fundí en un solo humano.

     

    Sin darle tiempo a La Furia que se condensaba ya en el viento, ya en las nubes, ya en los mares, abordé en la novísima Éxodo, aquella nave monoplaza fabricada con la máxima tecnología, en fronteras con la magia. Pero en el viaje estelar algo se salió de control: quizá no sabía dominar el arte de contener el desdoblamiento o quizá la culpa es de Él.

     

    En la nave, conforme nos multiplicamos, la muerte se cierne terrible: soy uno, todo bien; luego dos, apretados; cuatro, ya no cabemos; luego ocho, en cada respirar consumimos demasiado oxigeno; dieciséis, revienta la escotilla y el poco oxígeno escapa al vacío; luego treinta y dos que luchan por un respirador; sesenta y cuatro gritos sordos que preceden a las cabezas que estallan por falta de atmósfera…

     

    ...y luego seremos miles de cadáveres; soy millones de basuras cósmicas.