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El amor, la guerra, el conocimiento y otros éxtasis

//Adrián López

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Del éxtasis es fácil decir que no puede hablarse. Hay en él un elemento irreductible, que se mantiene inefable“.

Bataille.

 

Es difícil acercarse a algo tan fugaz, profundo y tan inmediato como lo es el éxtasis. Olvidamos, como lo señala Bataille, que del éxtasis no puede hablarse: hay algo ahí imposible de decir.

 

Hay experiencias que nos desgarran, nos modifican y hacen que perdamos los límites del cuerpo y de eso llamado “yo”. El amor, la guerra y el conocimiento son campos de experiencias extáticas; en ellas, todo el cuerpo, la vida y la muerte se ponen en juego para dar sentido a la tragedia humana. En esas experiencias, el sujeto no puede apoderarse del objeto sin perderse a la vez, ahí. Son campos en donde se produce algo glorioso, y al mismo tiempo se consume algo terrorífico o viceversa. Entre la producción y el consumo hay borramiento de una subjetividad y el delirar voluptuoso de la vida y la muerte.

 

“Hacer el amor” o, mejor dicho, todo el campo del erotismo constituye una experiencia extática porque implica la pérdida de un punto firme al cual sujetarse. Significa ponerse a delirar con el cuerpo, llevar al límite las potencias vitales, poner en juego la carne, perder el lenguaje, balbucear, estallar sin descanso en una risa infinita. Es contacto vertiginoso con el otro, es repetición gozosa.

 

El combate cuerpo a cuerpo en la guerra debe producir un éxtasis en donde también el despedazamiento de la carne está presente: la crueldad y la gloria juntas, nacimiento de una vida y aniquilamiento de otra. Hay una violencia cruel y creadora. Todas las narrativas de guerra son el relato del éxtasis que produce en los hombres, la voluntad de poder.

 

La experiencia del conocimiento es extática: sólo podemos conocer a través de ese arrojamiento y contacto con el otro y lo otro. No hay pensamiento sin éxtasis, sin ese desgaste y ese sacrificio. Cada vez que sentimos que conocemos algo o a alguien, es decir, cuando el sentido se produce, es porque nos hemos arriesgado a salir de nosotros mismos para enfrentar la realidad como es, sin filtros ni predisposiciones.

 

Vivimos en un constante éxtasis. El tiempo es el éxtasis que despliega el horizonte del presente, el pasado y el futuro; este momento y esta escritura es ya éxtasis y desgaste puesto en juego y mi futuro desplegado en la intención de su lectura. Desgarrados, proyectados, descentrados, nos la estamos jugando siempre entre la vida y la muerte. Nuestro ser es extático, y el éxtasis final es la muerte.

 

Disfrutamos, gozamos rompiendo límites, existir sin límites, pero a la vez tememos a vivir en esa región donde la crueldad y la alegría se funden porque el riesgo de extraviarnos completamente está siempre presente. En el éxtasis se da un  sacrificio; algo se entrega, pero a la vez hay voluptuosidad. Sí es que existe revelación en el éxtasis, ésta debe ser la de la finitud, el abismo, la estupefacción ante la muerte y la región de lo no humano.

 

Nota final.

Sin duda, olvido hablar de la religión, del éxtasis de todos los santos y santas, del goce de Santa Teresa, pero la pregunta en torno a este tipo de experiencias es si ese delirio “divino”, no es más que la voluptuosidad de la carne: un ardor en el alma, algo que quema y que ante la nada y el silencio, el recurso más a la mano debe ser dios o algo divino que corresponda con esa intensidad corporal, sea por ejemplo la esquizofrenia o el caso Schreber (caso de un paranoico que atendió Freud y que aseguraba era erotizado por Dios a través de los rayos del sol, un auténtico delirio voluptuoso).

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Adrián López

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