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Comunidad en clave Buber

//Alejandra Quiroz Hernández

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Los últimos meses de 2014 me impusieron un silencio absoluto. La acumulación de atrocidades me dejó inerte aunque sentía la necesidad de escribir al respecto. Desde entonces me quedo a medias, divagando entre las razones del texto y la incapacidad de escribir lo que siento. ¿Qué siento? Siento un vacío enorme por donde se me han colado las palabras. No alcanzo a articular un texto que demuestre coherencia, que comunique algo, que tenga fuerza.

 

Como no podía escribir, tuve que empezar a hablar, a escuchar. De pronto me vi en más reuniones que lo normal. Siempre he sido una persona solitaria así que me sorprendió mi deseo de juntarme con la gente. Comencé a prestar atención a quienes me rodean y me di cuenta de que soy realmente afortunada. Retomé contacto con personas que no veía desde que salí de la universidad, a dotar de realidad esa frase tan común y hueca: “hagamos algo”.

 

Un día me pregunté si lo que me estaba pasando era que se me estaba volviendo necesario formar parte de algo. Al poner atención a lo que sucedía, me di cuenta de que poco a poco me integraba a una comunidad. Fue inevitable recordar el semestre que dediqué a estudiar a Martin Buber con 10 alumnos extraordinarios. Ese curso fue un atrevimiento de mi parte porque no era especialista en el tema: me había propuesto indagar con otros la importancia de la vida dialógica según Buber. Lo que hice fue construir un curso a partir de fragmentos de la obra de este filósofo austriaco. De tal modo, leímos lo verdaderamente medular para no extraviarnos en sus cavilaciones tan densas como reveladoras. He decidido volver a esas lecciones para construir la pista de aterrizaje de mi propio malestar.

 

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La vida dialógica

 

En Yo y Tú, Buber explica que hay dos palabras primordiales que expresan maneras de relacionarse. Estas palabras primordiales forman parejas: Yo-Tú y Yo-Ello. En la pareja Yo-Tú, ambos participantes están plenamente presentes. Es decir: la relación implica el intercambio fluido de experiencias entre dos partes que están presentes de manera auténtica. En la pareja Yo-Ello, el Yo trata a lo otro (Ello) como un objeto, como un medio para lograr un fin: no hay intercambio ni autenticidad.

 

Los planteamientos de Buber son interesantes puesto que, en sintonía con John Donne, no sería posible pensar que el hombre es una isla ni que está solo en el mundo. Buber hace énfasis en la necesidad que tiene el ser humano para estar con otros. La existencia del ser humano tiene sentido en tanto que se relaciona, sobre todo, con otros seres humanos así como con la naturaleza y otras formas inteligibles.

 

De acuerdo con los planteamientos de Buber, en los encuentros se juegan los modos de relación. A Buber le interesa lo que ocurre en los encuentros verdaderos y, como decía, estos sólo son posibles en la pareja Yo-Tu. En este sentido, Buber aprecia la espontaneidad de una conversación, lo imprevisto de una respuesta, la sorpresa en una lección, la autenticidad en el abrazo y lo verdadero del duelo. ¿Qué ocurre con los encuentros? En ellos, dice, “lo esencial no ocurre en uno y en otro de los participantes, ni tampoco en un mundo neutral que abarca a los dos y a todas las demás cosas, sino, en el sentido más preciso, ‘entre’ los dos, como si dijéramos, en una dimensión a la que sólo los dos tienen acceso”. Esta dimensión, ese entre queda de manera residual en los participantes, en palabras de Buber: “queda un resto, un como lugar donde las almas cesan y el mundo no ha comenzado todavía, y este resto es lo esencial.” En los encuentros debe surgir el diálogo.

 

Para comprender la relevancia del diálogo, debemos atender las distinciones que señala Buber. Por un lado se tiene el diálogo genuino que será sostenido, evidentemente, por la pareja Yo-Tú. También se da el diálogo técnico que se limita al entendimiento. Por último aparece el monólogo disfrazado de diálogo que implica la habladuría, que difícilmente reconoce la presencia de los otros, que ni siquiera concibe interlocutores. Siguiendo a Buber, entenderemos que el diálogo es crucial porque no está determinado por ninguna razón ni finalidad y que pavimenta el camino de la vida dialógica. En palabras del filósofo: “la vida dialógica no es aquella en la cual se está continuamente entre personas, sino precisamente aquella otra en que con las personas con las que se está, se está verdaderamente.”

 

Buber explica que “la verdadera convivencia sólo puede prosperar allí donde los hombres experimenten, discutan, administren en común las cosas reales de su vida, […]” Así se genera un triángulo virtuoso entre la relación, el encuentro y el diálogo. Es posible que bajo estas condiciones hagamos comunidad.

 

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Hacer comunidad

Recientemente, en uno de los grupos de gente con los que me reúno, hablamos sobre la comunidad. Cuando abarco este concepto, siempre pienso en clave Buber.

 

Con frecuencia hablamos de que los seres humanos vivimos en sociedad. Quizá sea ese el impedimento principal para reconocer la responsabilidad que tenemos unos de los otros. Buber explica la diferencia entre una y otra:

 

La comunidad es expresión y configuración de lo originario, es la totalidad del hombre de voluntad representadora, naturalmente unitaria, capaz de establecer vínculos; pero la sociedad es el lugar de lo diferenciado, del pensamiento disolvente, de la totalidad rota que busca privilegios. (1991, p. 35)

 

Así que hemos caído en la trampa. Bajo la consigna de considerarnos civilizados, aceptamos el orden racional que brinda la sociedad, afirmamos estar agrupados en ella y, sin querer, cancelamos lo que tenemos en común. En la sociedad sobresalen las diferencias, las castas, las clases. Por el contrario, la comunidad que postula Buber es aquella donde prevalece la presencia del Tú a pesar de los sentimientos y las instituciones, que no descarta porque las reconoce como necesarias para la vida humana.

 

Lo cierto es que no hace falta estar todos juntos para ser comunidad. Su fortaleza radica, como dice Buber, en la capacidad de establecer vínculos que sean duraderos. Hay un ‘algo’ que nos hace ser comunidad, que se genera en el encuentro y se mantiene en la separación física porque se fundamenta en la relación. Quizá sea que nuestras afinidades cobran sentido, así como nuestras preocupaciones.

 

Puede que la expresión “construir comunidad” sea extraña. Lo cierto es que estamos obligados a construirla porque ya se ha diluido. Nos hemos extraviado en las dimensiones de la sociedad, que se empeñan en aislarnos. Debemos atender que para generar comunidad requerimos encuentro y diálogo.

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La vigencia de Buber

Bajo la lógica operante, la gente dejó de juntarse para resguardarse en su aislamiento. El desarrollo tecnológico comenzó a ofrecer alternativas a la interacción con personas en tiempo y circunstancias reales. Transitamos rápidamente de la realidad virtual a las redes sociales y enarbolamos la bandera de la comunicación inmediata. Es un verdadero alivio poder contactar a nuestros seres queridos con unos cuantos clics pero no podemos dejar que eso sustituya la posibilidad de abrazarlos o verlos de frente.

 

Si miramos a nuestro alrededor, veremos que la pareja Yo-Ello es el modo de relación dominante. No solamente por la facilidad con la que unos utilizan a otros para conseguir lo que quieren si no porque, realmente, cada vez hay menos interacción entre las personas. Existe una confusión al concebir que una manera de estar con alguien es a través de los mensajitos de whatsapp o de las interacciones en las redes sociales. Sí, son modos de relación pero estos no son auténticos bajo la óptica del filósofo vienés. Por esta razón, Buber privilegia los encuentros como escenarios fértiles para la pareja Yo- Tú.

 

Quizá el problema es que nos hemos quedado sin ágora. ¿Dónde podemos reunirnos como ciudadanos? ¿Qué retazos de ciudad nos pertenecen todavía? Falta poco para emular las prácticas autoritarias que concebían como conspiración la reunión de más de tres personas, que impedían la celebración de fiestas en domicilios particulares o la concentración de personas en el espacio público. No es gratuito que los policías se alerten ante una aglomeración espontánea.

 

Con otro de mis grupos, un círculo de lectura en la Biblioteca Vasconcelos donde leemos a Pierre Hadot y Michel Onfray, hemos tocado la relevancia de la filosofía hoy día, en nuestra sociedad. Hablando de la figura de Sócrates, insistí en la falta de ágora para los ciudadanos. Realmente no tenemos un lugar de encuentro, al menos no en el ámbito de lo público. Carecemos de él al grado de denominar ‘ocupación’ el hecho de reunirnos en una plaza o un parque. La carga política es inevitable: lo ocupamos para reclamar su pertenencia. Los ciudadanos hoy somos expulsados de nuestro pequeño paraíso: la plaza pública.

 

Recuperar la plaza como escenario de encuentros y ocasión para el diálogo. Quizá así haremos comunidad.

 

 

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Alejandra Quiroz Hernández

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