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Óptica sanguínea: indicios de algo

// Isaura Leonardo

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Existe una pasmosa facilidad para hablar de narrativa frente a un trabajo fotográfico y de imágenes en un trabajo narrativo, no porque no las haya una y otras, sino porque cuando uno se encuentra con Óptica sanguínea de la artista Daniela Bojórquez Vértiz (Ciudad de México, 1980), la puerca tuerce el rabo. En este libro, narrativa (la de la escritura) e imagen (la de la fotografía) se topan cara a cara. No siento que se diluyen y mucho menos que se fusionan; la arbitrariedad, la intervención es tan deliberada que el proceso devela su huella. Eso que tiene la imagen que no tienen las palabras se erige, desconcertante, frente al texto, y viceversa, a la imagen se le asoma la fisura de aquello que las palabras pueden hacer y ésta no. En Óptica sanguínea no se acompañan ni se explican mutuamente: se dislocan. Un texto fuera de foco ―la mancha textual―, un pie de imagen que confunde más que aclarar, un cuento con las marcas de corrección…

 

De inmediato pienso en casi todo de John Berger y Jean Mohr, en “Las babas del diablo” de Julio Cortázar, en Ulises Carrión y en Sergio Pitol, pero los dejo de lado para no hacerme ruido.

 

Dice la narradora en “El del viaje al pasado”, el cuento que abre el libro: “…afinar esa línea que divide lo que es de lo que se piensa e intentar por fin entrar en este día”, subrayo afinar esa línea que divide lo que es de lo que se piensa y anoto “problema con la realidad/el paso del tiempo”. La preocupación de Bojórquez por el paso del tiempo y la inasibilidad de lo real lo puebla todo: texto e imágenes. Las fotos no congelan ni tiempos ni espacios, no son fiables porque el pasado también es inestable. Las palabras son traicioneras. “De este modo los restos de información se mancharían de salsa y otras sustancias, lo suficiente para desaparecer algunas huellas, pero siempre queda el indicio de algo”. El “indicio de algo”, eso creo que es Óptica sanguínea, una contra-arqueología de la memoria, una constelación acaso susceptible de degradarse, como los mapas de Ernesto Contemporáneo de “El interleph”, una cartografía nunca cierta pero tampoco falsa. Son un lugar in-between, un resquicio que se abre, místico incluso, como el pasadizo por el que todos pueden ser John Malkovich, “…en algún lugar entre el terreno firme y la bóveda celeste” o “entre la distancia real y la figuración de esa distancia en una superficie bidimensional”.

 

Encierro con unas llaves: {Porque (sospechosamente) se parecen en incidencia, en la mezcla de miedo con asco que causa la intromisión de algo inesperado aunque en la realidad real sea inofensivo.} Anoto: “está jugando con nosotros”, y me perturba y me fascina.

 

Entre lo que he leído de Bojórquez Vértiz ―me parece que sólo leí Lágrimas de Newton (Ficticia, 2006) a decir verdad―, y Óptica sanguínea siento el paso del tiempo, hay algo depurado aquí, algo vuelto a ver, minucia, composición. Daniela ha hecho un libro y no sólo un texto (guiño-guiño, Ulises Carrión).

 

El intercambio disciplinario de Daniela Bojórquez Vértiz, fotógrafa y narradora, está en la médula de este libro que Tumbona Ediciones ha lanzado hace apenas unas semanas, y no es retórica de avanzada vanguardista, es trabajo y riesgo, y lo es también de Tumbona; una suerte de incomodidad puesta al descubierto. Se trata del vértice.

 

…inclemencia extrema del tiempo puede derivar en un final prematuro, esto si la muerte no estuviera acechando a la vuelta de cada esquina y el milagro consistiese más bien en seguir estando vivos.

 

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Daniela Bojórquez,  Óptica sanguínea, Tumbona, 2015.

 

Para ver el trabajo de Daniela Bojórquez: http://danielabojorquez.flavors.me/ // https://danielabojorquez.carbonmade.com/

Twitter: @jacarandghost

 

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Isaura Leonardo

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