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Algunos detalles sobre literatura negativa

//César Cortés Vega

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Incordio aclaratorio.- Hace poco vi la imagen de un acercamiento a la lengua de un gato. Mi mirada se clavó de inmediato en los vellos que salían de sus papilas: una especie de pequeños dientes, acondicionados en primera instancia para que entre ellos sea posible arrastrar cualquier suciedad sobre la piel. Sin embargo, esa adaptación que ha implicado una evolución llevada a cabo por siglos, es un detalle que pasa desapercibido, y que en su simplicidad puede ser muy sugestivo. Porque esa clase de minucias están hechas de una sutileza compleja, que las hace no integrarse por entero al orden de los significados. En aquellos colmillos de pelo se guarda una verdad leve, que limpia apenas, pero que también cura las heridas o manda señales estimulantes de otro tipo. Y no digo esto —como quizá se pueda imaginar— para buscar ninguna redención espectacular, porque ideas como tales suelen estar ligadas a una temporalidad waltdisneyesca que las acomoda para soportar la trascendencia de lo que sea; un sinfín de insignificancias como andamiaje coherente de una mera simulación. Por eso, no quiero señalar que en los microacontecimientos del sentido sea donde se esconda una subjetividad redentora, capaz de convivir con apariencias sistémicas, sin que ello corra el peligro de que sean agregadas al agujero negro de intercambios como el mercado o la masificación. Distinto a eso, una integración a un orden racional y orgánico, les permite guardar su ambigüedad inapelable. Los colmillos de pelo incrustados en la lengua de un gato: una especie de microsurrealismo, como en el caso de la orquídea y la avispa deleuziana en la que existe inestabilidad de las identidades [1]. Es en esa sutileza indeterminada donde corre una energía difícil de captar del todo, lo cual impide que su naturaleza pueda ser cooptada, pues permanece tras una primera objetividad funcional. Una lengua mordiéndose a sí misma, más allá del placer de la masticación, donde acontece una danza de marfil piloso sobre una alfombra que acaricia lo que come, y que a la vez es comido. Decir-hacer: aquello que niega es negado por su propio orden.

 

Esto es el pretexto para estas breves caricias puntillosas que intentan hacer énfasis en la efectividad que implica renunciar al púlpito, para hablar daimonicamente, sugiriendo el beneficio de las contradicciones y su oscuridad. Dice Patrick Harpur en El fuego secreto de los filósofos:

 

La teoría de la materia oscura nos dice tanto sobre el moderno inconsciente como sobre el cosmos. Jung observó que todo lo que suprimimos de nosotros se reúne en el inconsciente y proyecta una sombra sobre el mundo. La materia oscura es precisamente la sombra de la plenitud imaginativa que hemos negado a nuestro cosmos. Los daimones, cuya existencia no podemos reconocer, vuelven como “oscuras partículas virtuales”. Como la sombra psicológica, la masiva presencia invisible de materia oscura ejerce una influencia inconsciente sobre el universo consciente. [2]

La materia oscura de la literatura.- Cuando digo “literatura negativa” parece que estoy estableciendo una contradicción categorial más, otro espacio que intenta superar el lugar al que históricamente se le ha conferido. Porque por supuesto, esto no es nada nuevo. Ya se ha asumido que la historia de Occidente —incluidos los pegotes encabronados que somos nosotros, sujetos poscolonizados ya sea por herencia al haber nacido en un continente no europeo, o por imposición educativa— no es continua ni se configura como una línea coherente y ordenada, sino que es más bien una serie de rupturas y torceduras que son, digámoslo así, “enderezadas” por la necedad consistente de sus instituciones. Por eso Theodor Adorno, uno de los críticos más lúcidos acerca de la idea de progreso, está en todos los diccionarios haciendo parte de la cultura que él mismo pretende negar. Justo él; quien denuncia, por ejemplo mediante su idea de “dialéctica negativa” [3], los extremos de una razón instrumental que propició su propio contrario irracional. Un pensamiento que prometía una racionalidad de carácter crítico que superara la dialéctica hegeliana, basada en la identificación del espíritu y la naturaleza. La historia sería para Hegel un continuo inteligible que se ajustaría a la razón, un proceso, un todo lógico. En esta medida, Adorno trabajaría para plantear lo contrario: que la realidad no acontece de manera racional, para lo cual no basta con la dialéctica, sino con una razón crítica que se adecue a la presencia irresoluble de los acontecimientos. La dialéctica negativa sería entonces eso, una serie de dispositivos del pensamiento operando aún desde el reconocimiento de contradicciones en la realidad, pero contrarios a la positividad utilitaria de sus conclusiones. Es decir, la negación de la identificación entre realidad y racionalidad. Entre un sujeto que intenta volver racionales las conclusiones sobre un objeto.

 

 

Yo no sé si ésa sea la mejor manera de criticar al positivismo; oponiéndose directamente a él, con los recursos de una negación que usará las medidas del lenguaje para posicionar una manera de nombrar, y que por eso se convierte en una nueva afirmación. Lo que en todo caso hace Adorno es enfrentarnos a la imposibilidad de reducir los acontecimientos a formulaciones racionales. Si hay algo interesante en la cultura occidental son las consecuencias de la modernidad, funcionando como un continuum paradójico. ¿Qué son los conceptos, sino fetiches de un sistema complejo que se ciñe a una realidad de coherencia imaginaria? Y no me adhiero a la opinión de que la realidad no pueda ser relatada así, sino que se trata tan sólo de una de las maneras de hacerlo. Sin embargo, habrá que reconocer que nuestros fetiches más visibles están realizados, por lo pronto, en un registro que nos vuelve siempre e irremediablemente “gringos” —como los huicholes nos nombran a nosotros, los mestizos aculturados por la cosmovisión de Occidente y de todas sus estratagemas para mantenerse en pie—. De esta forma, habrá que aceptar que toda negativa a ser incluido quizá tan sólo sea capaz de definirse como sesgo, y no como negación radical al orden que establecen nuestras lenguas para relatar aquellas cosas que acontecen, que nos acontecen.

 

Y a eso quería llegar; a la literatura como una estrategia para semejantes reducciones. Como campo para las subjetividades, y a la vez como función reguladora de un orden en el espacio crítico. Eso que por medio de una esforzada objetivación se convierte en aquello que desea ser, medido en la constancia de una tradición manipulable según una dialéctica positiva, pero que a la vez es materia oscura. Posiblemente lo ominoso, en dosis pequeñas, irreconocibles, que se sitúan al rededor de todo aquello que funda una estrategia para visibilizar lo otro, sin visibilizarse como observador parcial, como un otro en sí mismo. Porque si fuese así, la naturaleza de la estrategia se estropearía y ya no sería posible la autoridad. Pero la materia oscura de la literatura no podría ser aquello que la niegue, sino aquello que plantee dudas fugaces en la conciencia de su cuerpo y campo. La imposibilidad de historiar la voz de nadie, porque si la responsabilidad de lo enunciado puede recaer en alguien que ha construido un cierto estilo lingüístico para decirlo, esto no quiere decir que ese dominio no haya sido adquirido en una masa de acontecimientos que no le pertenece a nadie. Aquella potencia común puede finalmente ser alabada, pero a la vez se desestima al archivarla en los fetiches del culto literario. Por supuesto; aquello que Derrida o Foucault o Barthes han sugerido de muchas maneras respecto al autor, aunque quizá sin aquel objetivo último de negar su contundente presencia en términos de racionalismo, como en el caso de Adorno que alude a una racionalidad de la irracionalidad. En todo caso de naturaleza trágica, cuando no cómica: atrapados en un proceso de autorreferencias cíclicas, apenas una conciencia de que sin que lo sepamos, aquella materia oscura terminará por fagocitarnos. Algo así como un silencioso Apocalipsis zombie de la cultura, sin aquella literalidad de maquillaje y efecto especial.

 

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Postliterauras más allá del hacer/decir </> decir/hacer.- Aquellas puede ser una respuesta simple, pero de cierta efectividad: Postliteraturas. Todo lo que quiere ser post tiene un origen incierto, pues su base no está del todo en aquello que trasciende, dado que es resultante a la vez de su negación. Si bien el prefijo post no alcanza a definir esta intensidad, sí provoca a los moralistas. Es un acto que permitiría estimar la diferencia, hacerla plausible. Si hay algo que no es del todo literatura, ¿qué es? Y, ¿podrá ser literatura, algo que de algún modo pretende negarla? Agustín Fernández Mallo, por ejemplo, haría algo similar con el término postpoesía [4]. Atacar una idea de pureza estable que se acomoda en sus privilegios, propiciar una caricia contra-argumental, ir más allá de la ilusión “utópico-lineal-cristiana”, como él mismo la define. Nada nuevo, y sin embargo, efectivo. Porque, ¿qué más daría, si aquella osadía contra-nominal fuese parte del mismo canon? Por eso molesta, pero a la vez permite cierto gusto por la ofensa al orden occidental, su mención acerca de que los anuncios comerciales son también literatura. ¿Qué esperábamos, si no? Eloy Fernández Porta, otro de los miembros de lo que en España se ha nombrado generación Nocilla, aclara el punto al definir en su libro Afterpop [5] lo que él reconsidera como “[…] la herencia libresca o textual desde la actualidad de la imagen: asumir que […] la cultura de consumo tal como se dio a conocer a lo largo de la segunda mitad del siglo XX no sólo ‘está en ruinas’ sino que… es el pasado inmediato”. Estos son tan sólo ejemplos a la mano, que aún se ciñen a la problematización dentro del perímetro del campo, haciendo alusión a una de las pulsiones contemporáneas externas a él, como el mercado. Sin embargo, aquella literatura negativa en su materia oscura de la que intento hablar podrá quizá ser efectiva con muchos otros recursos. ¿Por qué no una materia que debería ser alguna especialidad de muchos posgrados? La historia de la estupidez, como un territorio a ser visibilizado.

 

Por ejemplo, la intensidad provocativa de Sandino Núñez en su Breve diccionario para tiempos estúpidos [6] no puede ser tan sólo atribuida a un ánimo sarcástico. Si bien el sarcasmo permite un distanciamiento que le debe técnica a un rencor añejado con paciencia, lo que Núñez hace es más parecido a una crónica realizada desde la perplejidad, o una especie de monstrorum en el que aquello que se recopila tiene una naturaleza de tal modo paradójica, que sólo es posible describirle desde un cierto horror, al mismo tiempo que se intenta contener la risa. Y en la entrada en la cual define la dicotomía proactivo/reactivo, hay alusiones a un origen de la cultura, que normalmente no es puesto en aquel límite entre lo posible y lo no nombrado. Por eso es también efectivo, pues lo que se describe ahí como el sermón pagano-protestante ocupa una buena cantidad de nuestras especulaciones más aventuradas, insertas en toda producción cultural que se respete. Es decir; el mundo, en aquellos términos de totalidad, puede ser ridículo gracias a que los binomios que lo reducen a una cuestión de polos opuestos, sólo engendran nuevos fundamentalismos disciplinares. Y sin embargo, pasa como con los planetas nuevos: un día un astrónomo listillo dice que existen otros astros que giran alrededor del Sol, con todo el potencial para figurar en las listas junto a Neptuno y Plutón, y entonces todo el sistema de significados se colapsa porque tantas cosas han sido dichas en función de aquella cosmogonía heredada de los griegos, que mejor no se insiste más, y se deja todo como estaba. Pero, claro; si todos los signos zodiacales cambiaran, no por eso vamos a dejar de ser como somos (¿o sí?). Casi como decir; si las humanidades tuviesen que traicionar toda la tradición que cargan a sus espaldas, para ser sustituidas por otras —imaginemos que un genio maligno descartiano, nos jugara ahora esta bromita, para revelarnos que todas nuestras alabanzas artísticas y teóricas han sido ilusorias, que todo aquello que leímos o se cuenta en el pensamiento y en la historia del arte no existió sino como engaño— ¿cambiaríamos un ápice, por ejemplo, la estupidez actual del capitalismo? Porque aquellas fábulas apenas recopilan la complejidad inoperante de los sueños (claro; a menos que me digan que son esos sueños la vía del progreso, en cuyo caso…). Saberlo es ya para mí postliteratura; un recurso para la observación que arrojará nuevos productos, ya sea desde la crítica, o desde la ficción, o en la combinación entre ambas. Uso entonces un sistema similar para el decir/hacer que hace evidente una falsa dicotomía en la que estamos sumidos, activos/inactivos debido a una incapacidad para trascender el orden de la clásica frase romana: res non verba, que quiere decir algo así como hechos, no palabras. Esa separación perversa en la que el capitalismo actual se ha desenvuelto es irrenunciable desde un orden económico. La paradoja entre si hacer es un decir y decir un hacer, o eso es justo una división arbitraria situada en el orden de lo visible, entre lo que Henri Bergson apuntaba como distinción del homo faber, en una nueva clase: el homo locuax. Aquello que permitiría una crítica a la idea de hacer, su materia oscura en términos de discurso. Dice Núñez:

 

Proactivo/reactivo. Hermosas palabras cuya arqueología interesa menos que su papel en el sermón pagano o en el sermón protestante de la autoayuda. Este registro o estilo discursivo cubre un horizonte amplísimo y democrático: va desde catálogos y presentaciones corporativos o empresariales hasta predicadores terrajas de business show, desde Selecciones del Reader’s Digest hasta la desafiante e innovadora creatividad de las conferencias TED. […] la pareja proactivo/reactivo proyecta un mapa envolvente e hiperrealista: da un espesor épico a la penosa chatura del mundo de los cuerpos y los intercambios […] introduce una clasificación primitiva de los sujetos en el sermón pagano-protestante.

 

Eso es lo que pasa con las paradojas, que justo hacen que el sentido común se trastoque. Porque aquello que es percibido como contradicción quizá no lo sea si lo vemos de frente. Ésa es la naturaleza imperceptible de una negación no opositora, como oscuras partículas virtuales que regresan de aquello que fue excluido. Y la dicotomía es una de las estrategias de eso que se ha llamado cultura occidental para doblar la moral en términos de elección. Por eso, quizá, la dialéctica ya no pueda resolver los conflictos en los que estamos metidos como sociedades. Y es la política el territorio en el que se administra todo aquello que ha quedado invisibilizado por la ley de las clasificaciones. ¿Qué es aquello que sobra? Todo lo que ha sido desterritorializado en términos de valor afectivo.

 

Reactivo es un […] sujeto pasivo, mimético o refractario de su contexto próximo, una víctima de sus circunstancias cotidianas. Caracterológicamente se lo reconoce como negativo, depresivo, ineficaz, miedoso, pusilánime, desbordado por el mundo de la vida […] Proactivo, por el contrario, es un agente bueno, […] un sujeto capaz de situarse por fuera de su circunstancia, capaz de adueñarse de su modo de reaccionar ante los estímulos […] El canto del triunfador en la mediodía del mundo, en un mundo sin sombra, sin duda, sin nihilismo. La vida y los buenos operadores de la vida son lo único que vale la pena. Pero aquel que defiende el valor superior de la vida es el mismo que en su nombre mata o encierra o explota o ejerce el poder. Un noble y prestigioso empresario es tan proactivo como un delincuente común: la lógica que los construye es la misma.

 

Según esta lógica, más valdría la pena un no hacer. O quizá mucho mejor, un hacer dentro/fuera del reconocimiento tangible, que no pudiera desprenderse de un decir como otro de lo Otro. Por ejemplo, sí; hacer literatura, pero no hacerla a la vez. Decir desde la materia oscura que hay incrustada en la lengua de un gato. Una naturaleza cuántica que habría que intuir mientras espiamos aquellas sombras intangibles del mundo.

 

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Notas

 

[1] “La orquídea se desterritorializa al formar una imagen, un calco de avispa; pero la avispa se reterritorializa en esa imagen. No obstante, también la avispa se desterritorializa, deviene una pieza del aparato de reproducción de la orquídea; pero reterritorializa a la orquídea al transportar el polen.” Rizoma, en Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas. Valencia: Pre-Textos, 1988.

[2] Harpur, Patrick. El fuego secreto de los filósofos. Girona: Atalanta, 2005.

[3] Adorno, Theodor W. Dialéctica negativa. Madrid: Taurus, 1975.

[4] Fernández Mallo, Agustín. Postpoesía. Hacia un nuevo paradigma. Barcelona: Anagrama, 2009.

[5] Fernández Porta, Agustín. Afterpop. La literatura de la implosión mediática. Barcelona: Anagrama, 2010.

[6] Núñez, Sandino. Breve diccionario para tiempos estúpidos. Observaciones oscuras sobre ontología pagana. Uruguay: Criatura, 2014.

 

 

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