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Máquinas diabólicas del estilo. El volumen tres de la colección de literatura electrónica

//César Cortés Vega

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Antes de que las máquinas algorítmicas formaran parte de nuestros sistemas clasificatorios, la imaginación construía pequeñas utopías que eran guardadas mucho tiempo antes de que fuese posible comunicar la naturaleza de sus nuevas combinaciones. El cine, que por supuesto habría de ser una evolución de aquellos imaginarios en expansión, mantuvo su propio territorio vedado y su unidireccionalidad en una economía que trasladó las ideas escritas y llevadas a cabo en el presente teatral a una hegemonía de las representaciones diferidas en el tiempo. Y aquel lugar de imágenes se mantuvo por un largo periodo en manos de grupos que se establecieron y que lo convirtieron en una industria, debido a los costos de producción y a una administración estratificada de funciones, muy similar a las operaciones capitalistas. Como consecuencia, una parte de la imaginación humana, y sus múltiples combinaciones, fabricó un modo específico de darle orden al mundo, para que se soñara moderno y a la vez arcaico frente a las posibilidades del futuro, llenando una carencia de la cultura con incontables maneras de regular el tiempo para diferir el presente. Así, este mundo que percibimos es en gran medida subsidiario de aquel deseo basado en ese principio de operatividad abstracta y sincrónica, aunque viviendo aún en una genealogía diacrónica de la cultura que se impuso sobre otras. Una manera, pues, de darle formas específicas a lo nombrado, y de jugar a su constante negación. Porque muchos de esos sueños no tendrían cabida sino en el arte y la literatura; lugar en el cual se sistematizaron antes de ser eliminados.

 

En esta medida, las plataformas electrónicas son para las combinaciones lingüísticas no convencionales de las que se vale la literatura y el arte, algo así como cuartos de ensayo en los que es posible ver las evoluciones de una danza de imágenes-significado. Por supuesto, ya el lenguaje es una tecnología superior a ellas, capaz de fijar el movimiento de los nombres, para que al menos aquellas palabras que, en el inicio de nuestra existencia todavía nombraban el mundo de manera simple, encontraran combinaciones de mayor complejidad. Si bien eso no hace que sea posible afirmar que las maneras en las que utilizamos las lenguas sean mejores unas que otras sin tocar el tema de la ideología, sí permite elaborar formas para nombrar modos de transmisión del conocimiento, asumiendo que ninguna de ellas es inocente, sino que operan según una política de asimilación del mundo y de una sucesiva manera de filtrarlo mediante una sintaxis que es, sobre todo, una especie de política categorial. Porque gracias a esa operación razonable, aquello que es subjetivo busca en un otro que lo capta y acepta, un cierto eco y, en ello, una manera de fijarse en el tiempo.

 

Por eso habrá que tener en cuenta que todo sistema clasificatorio tiene su base en fines de registro que cumplan con el cometido de una transmisión epistémica. Por ello pienso que las antologías no son —o no pueden seguir siendo ingenuamente— un resumen de lo mejor, sino una visión que coloca determinado número de propuestas para refrendar una idea general de agrupamiento que, sobre todo, se diferencia de todo aquello que no ha considerado, y que incluso puede ser contrario a él. Y ya dentro del caso específico de la todavía llamada “literatura electrónica”, no se podría incluso decir —como ocurre en la literatura publicada en papel— que se trata tan sólo de la vindicación de una especie de subgénero, debido a que es posible que éste desaparezca muy pronto, en la medida en la que éstas ya no tan nuevas formas de clasificación de contenidos electrónicos han arribado a dispositivos como celulares y tabletas, lo que ha hecho que se incorporen —irremediablemente— a todos los acontecimientos de la vida cotidiana. Así, la literatura electrónica, entonces, simplemente será literatura. Esto gracias a que, si, como sostiene Slavoj Žižek, los circuitos electrónicos son un “orden virtual de conocimiento objetivado”, aquellos símbolos que fueron fijados antes en tablas de arcilla, hoy comienzan a independizarse de su materia tangible para apelar a la asimilación de otras maneras de percibirlos. Son, pues, la “sustancia simbólica de nuestro ser, el orden virtual que regula el espacio intersubjetivo”.

 

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Por eso, el celebrar este tercer volumen de la Electronic Literature Collection publicada por la ELO (Electronic Literature Organization) y coeditada por Stephanie Boluk, Leonardo Flores, Anastasia Salter y Jacob Garbe, pasa por una necesidad de apuntar el juego del lenguaje mediante condiciones específicas de circulación en el entorno electrónico, en este presente específico. Porque una de las cosas que primero se hace notar en ella es que la mayoría de proyectos enumerados ocupan un terreno cada vez más central, y por ende más comprensible por muchos, no únicamente de manera individualizada, sino en la comparación y connivencia de propuestas de muy diversos supuestos y recursos tecnológicos. La colección, compuesta por más de 110 trabajos de muchas partes del mundo, muestra una diversidad de tratamientos de la palabra escrita que son, en forma y contenido, métodos de creación complejos, máquinas diabólicas del estilo que demuestran —para el que quiere ver— que la creación es un problema de contexto y de herramientas productivas que lo modifican. Muchos de estos proyectos antes agrupados bajo el nombre de net.art, hoy están siendo producidos para una memoria que emplea el término de literatura no sólo porque sí que lo es, sino debido a que en la selección del archivo ocurren injusticias clasificatorias que eliminan lo menos evidente. Y lo que encanta es que en buena medida, por más que seamos capaces de calzarlas en estructuras de una economía ya regulada, éstas escapan hábilmente de las clasificaciones, a pesar de ser incluidas, dado que están territorializando el entorno electrónico, que aún hoy sigue siendo de una diversidad cognoscitiva por explorar. Un ejemplo de esto es uno de los trabajos incluidos en este tercer volumen que más me gustan, y que siempre he mencionado como una clara muestra de las posibilidades temáticas de la e-lit: “Bacterias argentinas” del artista colombiano Santiago Ortiz. Se trata de una ecología virtual en donde la escritura obedece a leyes que la trascienden. No es, pues, el perfeccionamiento estilístico el que priva para producir contenido, ni la reiteración de la tecnología como tema, sino el comportamiento de un sistema de interacciones biológicas. En él, la ficción comienza en un espacio no literario de creación formalista, un territorio idealizado que el modelo es capaz de construir para hacernos participar como lectores-creadores. Se trata de un “equilibración” entre estratos diversos, que tiene varios niveles de comprensión, para la que las posibilidades gráficas del software son vehículos, y a la vez, modelos. Las palabras operan ahí de manera que la circulación de energía es regulada por equilibrios tróficos que se complementan, niegan, invaden y modifican unos a otros. Una red de coincidencias que el usuario modifica hasta construir un orden discursivo plenamente comprensible que depende de correlaciones complejas, más allá de la subjetividad autoral.

 

Otro tipo de trabajos como قلب (Corazón) de Ramsey Nasser, de origen árabe, exploran las posibilidades de la creación de códigos no desde un punto de vista operativo, sino concibiéndolo como una pieza poética cuyo tema es la adaptación y correlación de sistemas informáticos que se basan en códigos de programación en inglés, para forzarlos a emplear otro sistema lingüístico no occidental. De ello se deriva una manera distinta de tratar el lenguaje, lo que resulta ser una sutil pero efectiva resistencia que si bien puede tener dificultades en el mundo de operación productivista para insertarse, en el territorio del arte encuentra un espacio para su ejercicio y visibilización. Trabajos como los de Whitney Trettien con la pieza Gaffe / Stutter usan también el código para darle forma a conceptos complejos que en la programación encuentran un espacio de representación adecuado. Trettien trabaja esta sencilla pieza desde el libro de Gilles Deleuze La lógica del sentido, que pone en cuestión la relación entre palabras e imágenes. A partir de ello el artista-programador trabaja en el espacio intersticial entre ambas, usando al código como un intermediario delirante.

 

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Otros trabajos seleccionados sesgan de cerca la idea tradicional de literatura, utilizando nuevos recursos para dotar a los textos de ambientes en los que el lector pueda participar y tomar decisiones operativas que modifican constantemente lo dado. Algunos ejemplos son Oczy tygrysa (Ojo del tigre), en el que Łukasz Podgórni y Urszula Pawlicka recuperan un poema vanguardista de Tytus Czyżewski (1880–1945), dotándolo de movimiento y audio. Por su parte, en las novelas Queerskins, de Illya Szilak, en donde se usan recursos de audio e imagen colocadas en un escritorio en el que se eligen evocaciones de una melancolía vinculada a la historia de un médico que ha contraido VIH, o en la pequeña novela policiaca Tatuaje creada por un equipo compuesto por escritores, programadores, editores e ilustradores vinculados al Centro de Cultura Digital en la Ciudad de México (Rodolfo JM, Leonardo Aranda, Gabriela Gordillo, César Moheno, Carlos Gamboa, Mónica Nepote y Ximena Atristain), se observa una evolución de los recursos que regresa a la creación de historias efectivas ligadas a lo cotidiano. En Tatuaje, por ejemplo, se relata la historia de un poeta y periodista que se transforma en un detective involuntario que encuentra pistas tomadas de la red de los años noventa. Mediante el uso de distintos dispositivos narrativos se crea todo un entorno que emula los recursos de una red convencional (correo electrónico, un buscador, un archivo de imágenes, mapas, etc.), que se adecuan a la historia y la complementan.

 

Hay que señalar que en esta selección se incluyen 15 trabajos escritos en español, lo cual la hace particularmente interesante para el público latino, pues desde ello se señala una vinculación con la línea vanguardista escrita en castellano —sobre todo la latinoamericana—, que no siempre ha sido reconocida por el canon literario internacional. Trabajos como Grita del peruano José Aburto, Gabriella Infinita del colombiano Jaime Alejandro Rodriguez, los Tipoemas y Anipoemas de la argentina Ana María Uribe, o los proyectos mexicanos como Poetuitéame de Karen Villeda y Denise Audirac, o Anacrón: hipótesis de un producto todo de Gabriel Wolfson y Augusto Marquet, señalan una búsqueda constante en la que de manera formal se vierten preocupaciones relacionadas con una ruptura de las formas de validación, en países en los que la institución literaria mantiene férreas resistencias al cambio.

 

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En esa medida, es claro que la selección ha sido realizada con el fin de cerrar filas entre los colectivos que construyen el archivo, no sólo incluyendo lo más novedoso, sino aquello que no había entrado en los volúmenes anteriores y que ya estaba presente en la época en que se realizaron. Acá es ya clara la estrategia, dado que si bien la compilación indica la necesidad de archivar los materiales a manera de registro que pueda preservarse en el tiempo, a la vez se trata de un recordatorio que hace énfasis en las maneras no necesariamente mercantiles para escribir (o en este caso, producir) literatura. Por lo pronto estamos frente a una maquinaria opuesta a la fugacidad de la industria editorial de nuestros tiempos en la que se publica mucho, pero se lee muy poco. Si es que el paradigma de la lectura y sus usos se modificará, es muy probable que al observar esta selección estemos frente a una arqueología de lo que vendrá, en términos de una narrativa literaria que está abandonando poco a poco (muy despacio, pero sólidamente, si se quiere) el territorio de los estilos conocidos. Quizá por ello, un próximo paso sea hacer cada vez más periódicamente estos recuentos, buscando más aplicaciones, recursos y proyectos que se hayan decidido por traspasar la opacidad de los imaginarios propios para hacerlos comunes, en el entendido de que la subjetivación de la mente en entidades individuales es también un relato que puede transformarse. Porque si hay algo que también comparten estos proyectos es el deseo legítimo de brindarlos, como en un breve y emocional potlach, o trueque, en el cual se replantean las fronteras que determinan quién está en el lado de la creación, y quién en el de los consumidores.

 

 

Electronic Literature Collection Volume 3: http://collection.eliterature.org/3/index.html

 

 

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