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Kurt: guardián en el centeno

//Eduardo de Gortari*

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¿Por qué a los famosos les dicen “estrellas”? Esa pregunta la hizo directamente un sobrino ante un titular de periódico: “Un día como hoy murió la estrella de rock Kurt Cobain”. La pregunta, todo un misterio sin resolver de la cultura de masas que se ha prestado a toda clase de elucubraciones, es pertinente en la medida en que expresa nuestra relación espacial con la fama, especialmente cuando ésta trasciende generaciones: mi sobrino dudaba ante la nomenclatura cósmica, pero sabía perfectamente quién era Kurt Cobain.

 

La temible etiqueta, “estrella”, impone una estrecha narrativa donde ya no se es un artista, alguien dedicado a hacer arte, sino un mero objeto obligado a brillar a toda costa. Esto es particularmente notorio en Montage of Heck, el documental sobre el vocalista de Nirvana. Al principio del film, la madre de Cobain confiesa que no le veía mucho sentido a su matrimonio hasta que nació su primer hijo: “Kurt debía nacer”. Esta frase en boca de la madre de un anónimo tiene pleno sentido: respiración artificial a un matrimonio, darle un sentido provisional a la vida; pero, en boca de la madre de un rockstar, casi la equipara con la madre de un mesías. De ahí la sorpresa cuando ella misma señala que fue la primera en prever la catástrofe: cuando su hijo le enseñó el master recién hecho del Nevermind, su primera reacción no fue de júbilo, sino temor: dudaba que Kurt pudiera manejar lo que vendría.

 

Los aniversarios luctuosos de Kurt Cobain (como antes fueron los de Lennon, como los serán los de Winehouse) cumplen la triste misión de recordarle a los fans que cada año son más viejos que sus héroes. Esto aqueja por igual a los deudos que se ven en la penosa situación de administrar públicamente su tristeza en una fecha precisa: cada 5 de abril Courney Love y Krist Novoselic se entregan a la penosa tarea de atender a hordas de periodistas que difícilmente tocarían a sus puertas o llamarían por teléfono por cualquier otro motivo cualquier otro día del año.

 

 

Cuando le preguntaron a Chris Hatfield (el astronauta canadiense famoso por su versión de “Space Oddity”) lo que pensaba su familia de treparse a un cohete (que es básicamente una bomba domesticada) tuvo a bien recordar las palabras de su esposa antes de su último viaje: le pidió que no muriera, no tanto por la perdida en sí sino por la maldición que implicaba: dejaría de ser para siempre ella misma para convertirse exclusivamente en la viuda de un astronauta destinada a atender periodistas en una fecha exacta.

 

 

De los sobrevivientes de Cobain, sólo Dave Grohl ha sabido distanciarse con prudencia en pos de una carrera propia. Su innegable éxito ha dependido en buena medida de la habilidad de expresar un ethos casi opuesto al de su antiguo compañero: mientras Cobain por momentos parecía ya no la personificación sino la caricatura, siempre decimonónica, del artista atormentado, Grohl (con una sonrisa perenne cuya sinceridad es irritante) da la impresión de vivir en un parque de diversiones.

 

El distanciamiento de Grohl es extensible a las bandas que llegaron después de Nirvana: desde la muerte de Cobain, ningún grupo se ha propuesto llenar un vacío semejante. En un tiempo en que MTV tenía el monopolio de la adolescencia, Cobain fue la última figura absoluta del rock y allegados: de los Strokes a Kendrick Lamar, todo éxito parece tangencial, matizado. Los pocos artistas que se han visto tentados a rozar esas alturas se han convertido en burdas imitaciones o en tristes compañeros de club, como Winehouse.

 

De aquí se desprenden dos penosos colmos de la tragedia: primero, el éxito no es predecible, pero sí explicable: el grunge ya estaba sugerido en trabajos de Pixies, Dinosaur Jr., los Melvins y toda la camada low-fi de los ochenta que buscaba mantener vivo el espíritu del punk más allá del súper estilizado new wave y más lejos aún del glam metal. El grunge, cuyo uniforme universal fue la mezclilla rota y la franela sucia, se erigió como una cruzada por la autenticidad, valor que a veces parecía perdido en el mar de frivolidad que inundó MTV durante los ochenta. Kurt Cobain, versión recargada de Daniel Johnston, parecía el mismo Holden Caulfield convertido en rockstar en lucha contra los phonys de la música. No es casual que varias veces haya declarado su admiración por una película como Over the Edge: en su escena más recordada, una horda de adolescentes reprimidos logra encerrar a todas las autoridades (padres, profesores, policías) en un aula escolar para perpetrar toda clase de destrozos en el exterior en una victoria definitiva del ello sobre el superyó, Cuando uno ve un documental sobre Nirvana no es difícil admitir que a Kurt le tocó Cobain, como si esa personificación rebelde se hubiera gestado durante todos los ochenta y, siguiendo el mito romántico, hubiera sido insuflada en un adolescente problemático de Aberdeen.

 

El segundo colmo se expresa en una ucronía: ¿qué hubiera pasado si Cobain hubiera seguido vivo?, ¿qué hubiera pasado si, por ejemplo, Billy Corgan hubiera muerto en su lugar? Mencionó al vocalista de los Smashing Pumpkins por la triste imagen que da en nuestros días: mientras Cobain es santificado por medio de documentales y la recuperación de grabaciones caseras (equivalente musical a editar las listas de supermercado de un escritor), Corgan es objeto de burla: sus desplantes y su errática conducta contradicen su legado. En un mundo alterno al nuestro Corgan es recordado como el talentoso músico que murió joven, dejó discos de prodigio y tiene por viuda a Courtney Love mientras que Cobain, aun siendo figura tutelar del grunge, es un cincuentón gordo y calvo incapaz de superar la tragedia de ya no tener 27 años.

 

 

Ambas ideas son colmos en la historia de Cobain al señalar que cualquiera en su posición hubiera tenido una suerte semejante. Lo único que lo redime es la imposibilidad de que alguien hubiera escrito sus canciones. “No quiero morir: ése es el clásico final de la estrella de rock and roll”, se le escucha decir a Kurt en Montage of Heck, de la misma forma que lo dijo Lennon en Imagine. ¿Será que su burdo final también estaba en el aire desde el principio? Salinger siempre se opuso a continuar la historia de Holden: El guardián en el centeno nació cuando quiso escribir a partir de su experiencia durante la Segunda Guerra Mundial con la consigna de no perpetrar una novela bélica: en Caulfield cristalizó una tensión existencial que una secuela sólo hubiera arruinado.   Una inmovilidad semejante ocurrió con la muerte de Cobain: no sólo es eternamente joven: sus conflictos siguen irresueltos. Como mínima redención, esa trágica fotografía en que se ha convertido también lo ha perpetuado como un guardián en el centeno dispuesto a sostener a los chicos que se acercan al barranco, invisible desde los pastizales.

 

Al final del día, la luz de las estrellas llega con retraso; muchas brillan desde ultratumba. Iluminan los pastizales, los campos de centeno.

 

Eduardo de Gortari (Ciudad de México, 1988) es autor del poemario Código Konami (Literal, 2015) y Los suburbios (Cuneta, 2015).

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