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Qué no hacer en verano

//César Cortés Vega

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No adquieras ninguna antología de poesía. Ni siquiera te la robes

No al menos aquellas que los poetas que se imaginan laureados defienden, y con las cuales desean ocupar todos los espacios y comerse el pastel del reconocimiento solitos —los muy mezquinos acumuladores del verso, reaccionarios golosos de antología—. Y no los leas si es que presientes que tratan de imponerse a sí mismos como lo mejor, o que alguien más intenta hacerlo por ellos. Si el poeta antologado es inteligente, podrá aguantar tu desprecio, y no dejará de escribir por ello. Y tú no te perderás de algo que no puedas encontrar en otro lado —si es que ya eres de aquellos pocos que verdaderamente leen poesía—, salvo de hacerles el juego a quienes ganan poder cultural, por el mero hecho de intercambiar sutilezas de la mirada por objetividad identitaria en el renombre. Mejor ve a un río y haz tu propia poesía. Tatúate tú solo, con un alfiler y tinta china, alguna frase para no olvidar nunca. Sé fiel a ella, incluso si a los años no te gusta. Constrúyete un puto destino.

 

No te olvides de los muertos

Ve a un panteón. Sobre todo en veranos lluviosos en los que éstos siempre serán buenos para concentrarse en los paradójicos sucesos del presente. La necedad de los vivos es que imaginamos que todo aquello en lo que gastamos nuestro tiempo tendrá sentido más allá de la muerte. Quizá por eso lloramos a los muertos; porque han sido tan imbéciles como nosotros lo estamos siendo, acá de este lado. No lleves flores, sino comida. Déjala donde quieras, o cómetela. Pero no honres a ningún muerto que no conozcas verdaderamente; puedes atar tu suerte a la suerte que corre en su vacío. Mejor diviértete pensando cuán ridículos son los deseos cuando no tienen objeto en el cual reflejar su angustia. El Panteón Civil de Dolores es una buena elección: es el más grande, el más antiguo y el más popular. Posee alrededor de 700,000 lotes individuales. Entre ellos se encuentran los que componen la Rotonda de los Hombres Ilustres. De algunos de ellos, búrlate, mientras vas comiendo pepitas, o alguna cosa que tengas que pelar. Luego deja las cáscaras sobre las lápidas… No voy a recomendar el hacer esto escuchando “Cementery Gates” de The Smiths, porque la canción está ya muy manida. Pero hazlo, si quieres: Ere long done do does did.

 

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No te reconcilies con el Centro Histórico

Porque al hacerlo vas a tener que comprarle alguna baratija a los acaparadores. Para eso han maquillado su estado natural, su alma desastrosa que indicaba cómo estaba todo, cómo sigue estando. Si acaso, intenta encontrar una de esas viejas cantinas que todavía tienen dueños honrosos. Pero si puedes, emborráchate en otro lado. Hay miles de cantinas de barrio en las periferias. Miles de tiendas improvisadas, y billares y lugares de excelente comida. Ve al pueblo de Tláhuac, por ejemplo. Ahí está el Museo Regional Comunitario Cuitláhuac, que guarda reproducciones de algunas de las piezas que se llevaron para exponer en el Museo Nacional de Antropología —otro de esos montajes escenográficos para embarrar de modernidad tanta tragedia histórica—. En Tláhuac también se encuentra otra joya escondida: el Museo Vivo Lago de los Reyes Aztecas. Accedes a él en trajinera, abriéndote paso entre las chinampas; estrategia milenaria para fundar territorios que se autoabastecieran. Escapa, pues, de cualquier centro. Y allá a donde vayas, no pidas cafés barrocos para descerebrados.

 

No sepas a dónde vas

Mejor realiza una deriva. No se trata de un paseo, como ya lo dice Guy Debord en su Teoría de la deriva. Tampoco es entretenimiento complaciente de tiempo libre. Consiste en perderse de verdad. La deriva no sólo pugna por el descubrimiento exploratorio de aquello que está fuera de nuestros recorridos convencionales, sino por una conciencia que se modifique psicogeográficamente; término también usado por los situacionistas, que puede referirse a la resignificación paulatina de la conformación de las ciudades. Por eso aquellos que la conciben hoy como una técnica demodé, me parecen un poco mensos: por supuesto que las ciudades han cambiado significativamente desde mediados del siglo XX, lo cual no ha hecho sino potenciar su carácter cerrado y autorreferencial y dejarnos todavía más hundidos en sus iteraciones. Pero esto no quiere decir que sea imposible volver a intentar salirse de su entramado de relaciones, aunque sea por instantes. Basta un impulso así para darle sentido a caminar sin rumbo y procurar no saber dónde se está.

 

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No leas con la intención de acumular conocimiento

Al menos no en verano —porque sí; el invierno sin la política que gana espacios y sin el discurso todoterreno, es muy pesado—. Pero siempre que puedas rompe los libros, o ráyalos, o arranca sus hojas y combínalas para abandonar un positivismo unipersonal que se embriaga de culteranismo. Tampoco los tires a la basura; no se trata de quemar al santo, se trata de darle sus piquetes para que no se anquilose. Entonces, realiza mapas imposibles con ellos, o úsalos para hacer otros libros, o escribe sobre sus páginas. Realiza guías de turista delirantes entresacando frases de uno y de otro texto, por ejemplo. También puedes literalizar algunas de sus palabras hasta un bovarismoenfermedad textualmente transmisible, decía el escritor Daniel Pennac— en el que es posible enloquecer un poco, guiados por una fantasía exacerbada. Pero no pongas la fantasía como antípoda de la realidad. Más bien, haz que aquella realidad operativa y productivista, se vea ridiculizada —la muy impostora—. No hay moralista —y el mundo bibliófilo está lleno de ellos— que aguante este argumento: si puedo hacerlo, es porque es posible. Y es posible, porque es “real”.

 

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