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Los peatones no vociferan su subversión, la echan a andar

//David Ordaz Bulos

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Caminar a la deriva no es para volvernos más ciudadanos, sino para liberarnos de ello. Pienso en esto una mañana soleada de sábado, es el efecto que me produce el vómito de los discursos y ficciones en torno a la ciudadanía de las campañas políticas activas en este momento, reloaded con los vocabularios de la innovación social, las aplicaciones tecnológicas y la transparencia. Pienso también en la frase que dice que basta sacar los ojos por un instante de las representaciones de la política que suministran los medios de comunicación de masas y examinar lo que pasa en el teatro de los afectos: descubrir que la mayor parte del tiempo los campeones de la libertad son tan despreciables como los defensores del conservadurismo dicho por Felix Guattari.

 

Llego a la Plaza de la Aguilita en la Merced, al 3er Congreso Peatonal 2016 para escuchar la conferencia de Pablo Fernández Christlieb, el famoso psicólogo social al que vi por primera vez hace muchos años en un congreso en Zacatecas, recargado en una pared fumando, portando jeans y unos tenis tipo Converse, y que seguro tiene algo interesante que decir con respecto al tema de caminar.

 

En el centro de la plaza, un conjunto de lonas blancas le dan sombra a dos rectángulos de sillas de plástico agrupadas, que al frente tienen un escenario de aproximadamente un metro de altura con sillones blancos y dos grandes pantallas planas con tonos verdes y rosas en cada uno de sus lados. La mayor parte de los asientos están vacíos, pero poco a poco irán llenándose, pues la siguiente intervención será de los Supercívicos.

 

Pablo Fernández toma unas hojas de papel, se arranca a leer, hace una pausa y mira al público preguntando, ¿qué demonios estarán pensando las personas, peatones, comerciantes, niños, diableros y demás alrededor, al vernos sentados hablando sobre todo esto? Que por cierto, alude el ponente, no usan tenis New Balance. Todo ello ocurre mientras un plástico al lado derecho del escenario llega con el viento a cubrir la base de un poste, creando una imagen que se vuelve hipnotizante.

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La ponencia sigue, Fernández explica que para llegar había recurrido a Google Maps para localizar la plaza de la Aguilita (lugar donde según cuentan las leyendas, se fundó Tenochtitlán), pero la plaza no aparecía con ese nombre, sino con el nombre de Juan José Baz, quien según Wikipedia, participó activamente en la masiva y sistemática destrucción del patrimonio arquitectónico de México ordenada por Juárez:

 

El jueves de la Semana Santa de 1856, siendo jefe de gobierno se le negó la entrada montado a caballo a la Iglesia Catedral Metropolitana. Ante tal negativa, apostó al día siguiente artillería pesada frente y a los lados de la catedral para destruirla. El pueblo se amotinó frente a la Catedral lo que llevó a Juan José Baz a replegarse y desistir de su intención de destruir el monumento.

 

Los peatones, los transeúntes, los caminantes, no vociferan su subversión, nada más se echan a andar, es el argumento central de la conferencia de Fernández. Recalca que los peatones son la esencia de las ciudades frente a los espacios públicos cerrados y privatizados, frente a las ciudades diseñadas para automóviles. Y luego habla de la experiencia de las marchas, de cómo cuando muchos peatones se juntan y marchan en las calles la experiencia de habitar la ciudad es otra.

 

¿Quién nos ha vendido la idea de que todos están ocupados? Interpela al público y habla de cómo, al contemplar la vida en el centro histórico de la Ciudad de México, es posible ver a las plazas llenas de gente que sigue perdiendo el tiempo, el encanto de una ciudad latinoamericana como la nuestra que aún evoca la defensa al tiempo sin reloj, el derecho a las ocurrencias efímeras y desperdigadas frente a las grandes ideas comercializadas. Fernández sostiene que hay que temer a los grandes genios como por ejemplo a Steve Jobs. Habla también de la seguridad, una idea de derecha imposible de conseguir en la vida humana, y pone de ejemplo al matrimonio. Cierra hablando de la tiranía del automóvil, de usar más las suelas de los zapatos y no las ruedas de los coches.

 

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Termina la conferencia y no soy capaz de articular pregunta alguna, tampoco resueno con ninguna de las intervenciones del público. La conversación se va olvidando ante el tumulto que genera la siguiente conferencia. Pienso en el caminar como un acto político desde el cuerpo, frágil y a la vez intrínsecamente ligado al espacio público, tal como dice Rebecca Solnit: cuando desaparece el espacio público, desaparece también el cuerpo como vehículo que puede llevarte a donde tú quieras, entonces nos volvemos dependientes a la vida impuesta de los ambientes cerrados: hogar, vehículo, gimnasio, oficina, tiendas, desconectados unos de los otros.

 

Concluyó, afortunadamente caminar no nos hace mejores ciudadanos como los partidos políticos nos venden la idea, pues gracias a su naturaleza errante, permite dislocar las cotidianidades, quita el mal humor y ayuda a introducirnos en otros tiempos, diferentes a los de la falsa urgencia de las aplicaciones que nos dan las rutas más rápidas, las cuales omiten la demora contemplativa de elementos como las nubes, los cerros o las grietas en el pavimento.


Me alejo de la Plaza de la Aguilita, camino y camino por el Centro Histórico para encontrarme con una compañera del trabajo en la Colonia Juárez que me entregará algunas cosas que olvidé en él el viernes. Estoy en el cruce entre Reforma e Insurgentes con el sol a plomo. Son las cuatro de la tarde, un viento constante llega desde el noroeste que trae consigo un aroma a marihuana. Me entero que en el Monumento a la Madre hay una manifestación en pro de su legalización, la curiosidad me atrae hacia una olorosa nube de la que emergen quienes forman parte de ella.

 

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Cruzo la explanada del monumento donde no es difícil armarse con todo lo necesario para estar en el mood del encuentro: mota, papel arroz, mouffins, galletas, pipas y pulque. En uno de los extremos de la plaza la gente se concentra alrededor de las bocinas que suenan tronadas y sueltan un potente dubstep. Me dejo llevar y acabo firmando, en la zona de stands de organizaciones civiles, una petición/membresía del Club Canábico Xochipilli. La multitud conforma un horizonte humano del que emergen múltiples fumarolas todo el tiempo, habrá unas trescientas personas.

 

Comienza la marcha, los automovilistas se detienen pasmados y temerosos por el aspecto transgresor de los manifestantes que cruzan Avenida Insurgentes, una de ellas queda varada a la mitad de la calle, sube los vidrios del vehículo y fija la mirada al frente dejando que la marcha se vaya. Entramos a la Colonia Juárez, los restaurantes y locales son cerrados por sus dueños al paso de la marcha quienes observan detrás de los cristales junto con la clientela. La marcha tiene un espíritu distinto a la de los 132 y los 43.

 

“El grifo unido, jamás será torcido”, grita unos de los marchantes entre muchas otras bromas y rechiflas que son lanzadas al aire y a los policías que están en la esquinas. “¡Qué viva la mota!, grita mustiamente un mesero moreno y regordete que, junto con sus compañeros, contemplan la marcha desde otra esquina. La zona de Bucareli a la altura de la Secretaría de Gobernación está cerrada por vallas metálicas, la multitud se divide en dos contingentes, los del segundo que venimos siguiendo una bandera de México nos hemos quedado atorados y por diez minutos nadie sabe hacia dónde se dirigirá el camino, teníamos la idea de que llegaríamos al Zócalo, pero no es así.

 

Un grupo de niños está asomado desde la ventana de un restaurante, sus padres los obligan a taparse la nariz con la mano para no respirar y “borreguearse” con el humo que desprende la manifestación. Uno de los líderes de la marcha vuelve corriendo y grita – ¡regresen hacia el Monumento a la Madre! – Mientras tanto, unos viajeros abordo de un turibus que toman fotografías a la marcha, aparecen en una de las calles y vuelven las rechiflas. Una representante de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal instiga a los manifestantes que van pasando a no dejar el contingente, pues la comisión no podrá hacerse responsable de ningún tipo de represión sufrida de parte de las autoridades. Regresamos al monumento, el sol ya ha bajado y aparecen las primeras luces de la noche. La concentración ha crecido mientras la música y las fumarolas siguen y siguen.

 

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Referencias

Guattari, Felix y Suely, Rolnik (2005). Micropolítica. Cartografías del deseo. Edit. Traficantes de Sueños. Madrid.

Solnit, Rebecca (2015). Wanderlust. Una historia del caminar. Hueders.

 

 

 

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David Ordaz

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