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La lengua es de quien la trabaja

//Carmen Amat

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Hará algunas semanas que me sucede lo que voy a relatar a continuación. Cada vez que voy a abordar el metro, en el andén encuentro esta frase en letras grandes: “Dijistes mal”. Escrita en tipografía negra luce sobria en el fondo blanco que le procuraron. Tiene un jáshtag debajo: #NoEsLoMismo; y en una esquina, casi escondido, como quien llega a una fiesta sin ser invitado, el logo de Larousse, la empresa que se encarga de editar los diccionarios que la última campaña deMontalvo promociona —el equipo de Montalvo también es el responsable de la campaña de Gandhi librerías—.

 

Crecí en un pueblo cercano a San Pedro Cholula (Puebla). Ahí cursé los últimos años de la primaria y mi maestra de español, como el resto de la gente del pueblo, usaba “dijistes”—un saludo a la maestra Silvia de la Francisco Sarabia en Acatepec—.

 

Abordo el vagón, y recuerdo a Silvia, y pienso en el pueblo de mi infancia, y en todas las palabras que aprendí cuando mi familia decidió mudarse a San Francisco Acatepec: jacaranda, que desconocí hasta que un niño del pueblo me invitó a trepar jacarandas (como es propio a toda niña de ciudad, yo conocí antes los nombres de las avenidas, que los árboles que las adornan). Telera: una de las que mi padre usaba y nadie conocía en la ciudad de Puebla, en Acatepec refería con exactitud el pan hecho a base de manteca y no de agua con que se acompaña la comida, distinto del bolillo. Envarado: como le decían mis compañeros del equipo de atletismo al dolor muscular que queda después de realizar una rutina extensa. Jacaranda, telera, envarado, repito como siguiendo el compás inexistente del metro mientras el vagón avanza. A cada estación un anuncio más de la campaña me contesta:“La verdá, se dice verdad”. Siguiente parada: “Es de que se dice es que”. La última:“Si vinistes por un diccionario, viniste al lugar correcto”. El metro llega a mi estación y desciendo.

 

El recorrido de veinte minutos me recuerda a otro trayecto, uno mucho más largo, que hice diariamente mientras estudiaba la licenciatura. Durante cinco años recorrí dos veces al día el tramo de hora y media que va de Acatepec a la facultad de Filosofía y Letras, ubicada en el centro histórico de Puebla. En algún punto leí que en Grecia le llaman metáfora a los autobuses colectivos porque, como una metáfora en el lenguaje, los colectivos te trasladan de un sitio a otro. Nunca descubrí si el dato era erróneo o correcto, pero me quedó clarode dónde provenía la asociación. En esos recorridos de mi época universitaria el autobús se llenaba y vaciaba un par de veces, y a medida que la gente cambiaba del pueblo a la ciudad, también lo hacía las maneras de usar el mismo idioma.

 

Era transitar de los usos populares y huaraches con lodo, a las formas “correctas” y zapatos prístinos.Pasaba de escuchar palabras como “telera” o “envarado”, “dijistes” y “vinistes”, a escucharla censura abierta que se ejercía contraaquél que se atreviera a utilizarlas. Esto último coincidía con el momento en que el autobús por fin llegaba al centro histórico, y yo a clase.

 

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Intuyo inocente asumir que la manera en que usamos el idioma no tiene mayor peso que lo dicho. Las repercusiones de nuestras maneras de hablar pueden o no pasarnos desapercibidas, pero es un hecho que éstas modifican comportamientos a nuestro alrededor. Usar determinada palabra puede convencer a alguien de dejarte pasar un papel por una ventanilla a la que llegaste tarde; o evitar que esto suceda. Un amigo me dijo que cuando se mudó a la ciudad su compañero de habitación le aconsejó dejar su “acento de pueblo” y nunca mencionar a nadie a qué comunidad pertenecían para no ser discriminados por los citadinos (un segundo saludo a mi amigo David, que vive en la CDMX desde hace dos años, hace investigación lingüística para un centro de élite, y continúa usando su acento y la palabra titingui para referirse al molesto fenómeno de que los pantalones le queden cortos ; un tercer y último saludo a mi amigo escritor Diego que revisó este texto y ocupa pochi para referir al mismo fenómeno).

 

Por qué molestarse tanto por los anuncios en el metro, me pregunto mientras camino al trabajo. Larousse es una compañía y esto es el capitalismo. No hay que pecar de inocencia. Entiendo bien que como empresa sólo buscan incrementar sus ganancias; necesitan vender más y mejor y eso es todo. Algo habrá salido mal desde que el internet se volvió el principal sitio al que la gente recurre para hallar la respuesta a sus dudas ortográficas; no hay porqué enojarse. Éstas son las reglas del juego.

 

Lo que me molesta es que el truco publicitario de la campaña de Larousse se basa en explotar una concepción errónea del imaginario social sobre cómo funciona una lengua; la misma concepción puede rastrearse a través de las políticas lingüísticas que se han encargado del devenir de las lenguas indígenas en este país. Hace falta recordarlo, México no es un país hispano, sino plurilingüe. Pero apenas.[1] Y lo que creemos sobre la lengua nacional[2] refleja también lo que creemos sobre las lenguas indígenas.

 

“Dijistes mal”: el truco de la campaña de Larousse es que induce a creer que se necesita un diccionario para “decir o hablar bien”. Esto en publicidad se conoce como “creación de la necesidad del producto en el usuario”. Para que la campaña les funcione, los posibles compradores deben sentir que necesitan de su producto. Preguntémonos, entonces, qué es “hablar bien”.

 

El primero en responder, ajeno a la idea de que hablar es decir, contestará que “hablar bien” equivale a “hablar correctamente”. Ahora bien, lo correcto y lo bueno son cosas distintas, por eso tenemos palabras diferentes para referirnos a uno y a otro fenómeno. Hablar “correctamente” equivale a hablar de una manera no censurada; esto es, libre de marcación social vulgar, popular, etc. Y esto es un acuerdo entre hablantes, aunque no sea un acuerdo consciente. Lo que consideramos correcto cambia con el tiempo; a principios del siglo XX era correcto en los Estados Unidos separar en todos los ámbitos a las personas afroamericanas de las blancas; hoy, en el mismo contexto, esto es incorrecto. En el caso de México, hace cien años era correcto que un hombre golpeara a una mujer en público con el dorso de la mano si ésta incurría en una falta; hoy hemos desarrollado una serie de mecanismos en contra porque consideramos que no es correcto que los hombres golpeen a las mujeres en el ámbito público, en el doméstico, ni en ningún otro.

 

El segundo en responder, quizá más avezado, dirá que “hablar bien” es hablar de manera que el receptor entienda nuestro mensaje. Si vemos las cosas desde esta perspectiva, no hay empacho alguno en utilizar la forma “dijistes”; el que escucha entiende perfectamente a qué se refiere esta palabra.

 

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El empacho está, en realidad, en lo que el receptor infiere sobre quien pronuncia “dijistes” y no “dijiste”. Es esto lo que la campaña de Larousse está explotando, y de paso reforzando entre los hablantes de español. Su burla abierta hacia los usos populares de la lengua refuerza la idea de que la persona que habla de determinada manera es ignorante, inferior en intelecto, puesto que se sobreentiende que no ha recibido suficiente educación, por lo que merece ser censurado y necesita ser corregido. Esto no se corresponde con la lengua, sino con su marcación social, porque, de nuevo, quien usa “dijistes” es entendido por los demás igual de bien que aquél que usa “dijiste”. Si los romanos en la Península Ibérica hubieran contado con publicistas tan efectivos como los que contrató Larousse, hoy hablaríamos latín hasta en México, y el legado de las lenguas romances no existiría.

 

La campaña de Larousse fue muy celebrada en las redes sociales. Los hablantes creyeron que la compañía había hecho un esfuerzo por matar dos pájaros de un tiro: promocionar su diccionario y de paso hacer una labor educativa para que la gente se riera mientras aprende las normas. La paradoja está en que el diccionario impreso de Larousse no es capaz de corregir los errores de los que su campaña se burla.[3] He aquí un error fundamental de ésta (que denota hasta qué punto no está pensada desde la lexicografía, la disciplina que se encarga de estudiar la elaboración de los diccionarios, sino desde la publicidad): Larousse no puede cumplir el cometido que su publicidad le atribuye puesto que si alguien buscara las palabras “dijistes” o “venistes”, no las encontrarías indexadas en el diccionario; por lo que la mera adquisición de éste no basta para que el comprador resuelva su problema de “incorrección verbal”.

 

A mí me gusta la ortografía. Conozco las bondades de que una lengua desarrolle un sistema de escritura, y mejor aún, conozca su gramática y genere acuerdos sobre sus normas ortográficas, y luego los hablantes las adquieran y utilicen. Estos instrumentos, aunados a los diccionarios, ayudan a la supervivencia, preservación y empoderamiento de una lengua porque, por un lado, que una lengua sea estudiada connota que se considera digna de ser conservada, lo que se traduce en prestigio lingüístico para sus hablantes; y por el otro, estos instrumentos ayudan a esa conservación porque resguardan la comunicabilidad del idioma entre un mayor número de usuarios: si todos habláramos y escribiéramos sin respetar los acuerdos normativos, la lengua cambiaría tan rápido que en un periodo temporal corto sería imposible entendernos. Iba a recurrir aquí de nuevo al ejemplo de las lenguas romances en la Península Ibérica, porque de hecho fue eso lo que terminó sucediéndole al latín. Pero no es necesario ir tan lejos; hoy tenemos vivo este fenómeno en México. Muchas lenguas indígenas no desarrollaron sistemas de escritura, y por ende tampoco normas ortográficas; mucho menos se estudió su gramática. Como muchas de estas lenguas no tuvieron oportunidad alguna para nivelarse entre sus hablantes, hoy sucede que algunas variedades del mismo idioma o maneras de hablarlo no son mutuamente entendibles. Esto es un problema serio, por ejemplo, cuando se desarrollan instrumentos educativos como Libros de Texto Gratuitos en lengua indígena, porque pasa con mucha frecuencia que algunos niños no hablan la variedad que la SEP usó en los textos, y por ello no pueden utilizar sus libros como instrumentos pedagógicos.

 

Aunque hay antecedentes de estudios gramaticales del español importantes, cuando la Real Academia Española se creó en el siglo XVIII, los instrumentos que desarrolló y que impuso hicieron posible al fin asegurar a largo plazo la comunicabilidad entre los hispanohablantes. Hoy puedo leer un texto escrito hace 800 años, y también puedo comunicarme perfectamente con cualquiera de los hablantes de español, aunque no pertenezcan a la variante mexicana del idioma, porque la lengua está bien nivelada. La mayoría de las lenguas del mundo no contaron con tal suerte.

 

Ahora bien, a finales del siglo XX la RAE ya no podía seguir ejerciendo su dominio sobre la gramática y la ortografía del español sin llevar a cabo una censura de la creatividad de hablantes hispanos no españoles, porque este idioma se convirtió en el más importante en muchos países además de España, que hicieron cambios al adoptar la lengua; mismos que la RAE se resistía a estudiar e incorporar en su diccionario bajo el mismo argumento que hace la campaña de Larousse: los tildaba de errores o barbarismos que había que corregir. Por cierto, aunque la RAE cambió por fin su política lingüística, y hoy se encarga más de describir cómo funciona nuestro idioma que de prescribir una norma para usarlo, aún no incorpora las palabras mexicanas “telera” ni “envarado”. [4] Pero tenemos la suerte de contar con el Diccionario del Español de México, que sí tiene incorporada la palabra “telera”. En cuanto a “envarado”, cuando consulté el DEM en línea y me di cuenta de que no la tenían, decidí escribirles para preguntar por ella. Los del DEM me respondieron inmediatamente, pidiéndome información geográfica y semántica sobre esta palabra, y me prometieron incorporarla lo más pronto posible. Esto es una prueba de que los lexicógrafos que trabajan en ese diccionario tienen claro que el suyo es un instrumento del usuario, y no al revés.

 

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Sí, me gusta la ortografía y conozco bien sus bondades. Pero además de estudiar mi idioma me gusta leer poesía, y fue en Fernando Pessoa y no en el Nuevo Manual de Gramática de la RAE, donde encontré la clara diferenciación entre la gramática como ley o como herramienta expresiva.

 

Cuando la gramática es ley lo que se pone en peligro es la libertad para expresarnos de maneras nuevas y prácticas. Porque eso es la creatividad verbal: un instrumento para volver un mensaje más claro, más bello, más efectivo en su trabajo de transmitir a otros nuestra idea, nuestro pensar, o nuestro sentir.Y finalmente eso es para lo que debería servirnos nuestra lengua: para entendernos mutuamente. No para discriminarnos los unos a los otros.

 

Si la gramática (y por ende la ortografía) en cambio se considera un instrumento al servicio de nuestra comunicación, se vuelve una ayuda en la tarea de transmitir nuestros mensajes. El ejemplo que Pessoa utiliza para explicar esto me parece además de bello, político: están varios hombres sentados observando a una chica con ademanes masculinos. Uno expresa: “aquella muchacha parece un chico”, con toda la corrección sintáctica que su lengua le exige. Pero Pessoa prefiere “aquella chico”, aunque viole la más elemental de las reglas sintácticas. Para un poeta versado en la tradición gramatical, pero ingenuo en cuanto a los poderes del discurso, esto es censurable; pero a Pessoa le parece su expresión es fotogénica con el mensaje que quiere transmitir.

 

Cuando publiqué mi opinión personal sobre este asunto en feisbuk, me enteré de que José Montalvo había respondido a mi post porque otro usuario de la misma red social me hizo el favor de avisarme. En la respuesta de Montalvo noté una genuina buena intención, pero me pareció injusto que pensara que el clasismo que yo veía en su campaña en realidad estaba en mí y en mi ignorancia. Montalvo argumentó que la campaña no era clasista porque los errores señalados se repetían en gente de toda clase social. Citó el ejemplo del hijo de un expresidente, doctorado en Harvard, con el que él cenó y a quien escuchó decir en la sobremesa “dijistes”. Es cierto: los errores se repiten incluso en quienes lograron el acceso a la educación superior elitista. Lo que también es cierto es que no existe un concepto mejor que “clasismo” para referir su actitud, que me parece peligrosa. La norma que Larousse y Montalvo fomentan es propia de una clase, si extendemos el concepto para extraerlo de la Economía y llevarlo al idioma: quienes detectan estos errores en otros conforman la clase de hablantes que conoce y ha estudiado nuestra lengua, que entiende por qué una palabra se escribe de determinada manera. Aunque puedan o no ser una clase económica, son una clase lingüística. Y tienen poder sobre la vida de los otros, porque tienen poder sobre la lengua de todos; pensemos en el ejemplo de la RAE. La RAE comenzó a ser más descriptiva que normativa porque era injusto que controlaran el idioma de tantos representando un porcentaje tan pequeño de hablantes (México solo tiene más hispanohablantes que España entera). Cuando una clase lingüística le dice a otras que considera su manera de hablar inferior y no digna, cuando se rehúsa a incorporar palabras nuevas a su diccionario porque pertenecen a una variedad que lleva la marca de “popular” o “vulgar”, cuando tilda sus innovaciones de barbarismos, cuando señala “dijistes mal” a otro, está perpetuando el clasismo lingüístico, en mi opinión. Y esto puede extenderse a la situación mexicana del hispanohablante frente al hablante de lengua indígena. Fue España quien se encargó de normar el español hablado en Hispanoamérica, pese a que los americanos representamos un número mucho mayor de hablantes; de la misma manera en que fueron los hispanos mexicanos quienes diseñaron las políticas lingüísticas a utilizar con las lenguas indígenas en este país. Si existiera tal cosa como el concepto de “genocidio lingüístico” (el fenómeno de dar muerte sistemática a determinados grupos de lenguas a partir de considerarlas inferiores a otra, o nocivas y peligrosas) creo que México y sus políticas lingüísticas del siglo XX serían un digno ejemplo de ello.

 

Leer a Pessoa me cimbró. Al subirme al metro a partir de ahora buscaré nuevamente un anuncio de la campaña de Larousse y con mi sharpi negro y grueso completaré su jáshtag para que diga, al menos ése, la verdad: “#NoEsLoMismoEsClasismo”.

 

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[1]El gobierno se dio cuenta muy recientemente de que las medidas tomadas en materia de políticas del lenguaje estaban contribuyendo a destruir las lenguas que debieron proteger. Sólo en 100 años este país pasó de estar conformado por una minoría hispana y una mayoría de hablantes indígenas, a ser un país en su mayoría hispanohablante. Existen muchos grupos lingüísticos indígenas, pero hoy en día éstos son hablados por menos del 10% de la población total, cuando hace cien años esta cifra le pertenecía al español. Ni el imperio romano con toda su estrategia tuvo tanto éxito y tan rápido en la dominación cultural que ejerció sobre la Península Ibérica; que, recordémoslo, nunca adoptó el latín “correcto” sino el “vulgar”. Al hibridarse el latín vulgar con las lenguas que ya se hablaban en la región antes de la llegada de los romanos, terminó por formar lo que hoy conocemos como las lenguas romances: el español, el italiano, el francés, el portugués y la rica variedad nepantlera que existe entre esas lenguas, como el gallego, el asturiano, el catalán, el leonés, el véneto, el rumano, el ladino, etc. En México no hubo tal hibridación lingüística; se cortó de tajo al fomentar la adopción del español en la esfera pública y jurídica, dominando los espacios no sólo culturales. Con ello, lo indígena quedó acuartelado al folclor, y la suerte de sus lenguas echada. No se generaron nuevos idiomas ni variantes con la frecuencia o la salud de las que surgieron en la Península Ibérica; si acaso, lo indígena sobrevive entre lo hispano como un sustrato lingüístico y se manifiesta en el uso sistemático de ciertos sonidos y de ciertas palabras (“nepantlero”, por ejemplo).

[2] En teoría, en México no existe tal cosa como “lengua nacional” o “lengua oficial” desde que en la Constitución fue reconocida la dimensión pluricultural del país; no obstante, cabe preguntar si en la práctica esto se cumple, A diferencia de los hispanohablantes, los hablantes de lenguas indígenas reciben sus documentos oficiales en español, o en su lengua, con una traducción al español. Esto puede ser pensado desde el fenómeno que los lingüistas denominan “prestigio lingüístico”. Para que una lengua sea saludable, sus hablantes deben sentir prestigio por ella, valorarla como instrumento de comunicación efectivo. En el momento en que ello no es así las madres dejan de enseñarla a sus hijos y adoptan la lengua que sí tenga prestigio para el resto de la población, porque esto supone, sobre todo, que no serán discriminados por hablar un idioma “inferior” o “dialecto” (uno que no cuenta con prestigio para los demás: “una ‘lengua’ es un ‘dialecto’ con un ejército y una marina” dijo el lingüista Weinreich). El prestigio del hablante por su idioma materno se merma en cuanto ése intuye que el suyo no goza de importancia en un contexto más amplio (como la muy importante esfera jurídica). Esto pone en peligro la supervivencia de cualquier lengua, y por extensión, la supervivencia de la cultura y tradiciones que sus hablantes han desarrollado. Es fácil entender cómo sucedió tan rápido y tan uniforme el paso de lo indígena a lo hispano en México, si pensamos el asunto desde el fenómeno del prestigio y la dominación cultural, aunados a la discriminación histórica hacia lo indígena.

[3] Si el diccionario no fuera físico sino virtual podría resolver estos problemas: cuando uno busca en el portal del Diccionario del Español de México o en el del Diccionario de la Real Academia una forma con ortografía incorrecta, éstos re direccionan al usuario a la forma ortográfica correcta. Un diccionario impreso como el que vende Larousse es incapaz de hacerle este favor al hablante.

[4] Al hacer una búsqueda rápida en línea se puede corroborar este dato. La RAE tiene incorporadas tales palabras, pero con otros significados. Para telera enlista 10 significados; el último es un “pan bazo de trabajadores” (¿?). Mientras que envarado, de acuerdo con la RAE, es un sustantivo (y no un adjetivo) que significa“persona estirada u orgullosa” o “que tiene influencia con una autoridad”; también enlista el verbo envarar, y el significado que otorga es más cercano a la palabra que utilizamos en México, aunque no refiere al ejercicio de rutina o al cuerpo humano: “entorpecer, entumecer o impedir el movimiento de un miembro”.

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Carmen Amat

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