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la «precariedad subjetiva» de los profesionales

//Andrés López

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Margaret Thatcher dijo: “La economía es el método. La finalidad es cambiar el corazón y el alma”.De esto, de “cambiar el corazón y el alma”, en este caso de los profesionales, es de los que vamos a hablar aquí. Lo que sostendremos es que una forma de ser profesional, de concebirse a sí mismo como tal, ha sido sustituida por otra distinta, que para implantarse ha tenido que eliminar a ―derrotar, conseguir su rendición de― aquella. Comenzaremos por un testimonio en el que se ejemplifica a qué nos referimos y a continuación explicaremos cuál es el modelo de profesional que se ha ido imponiendo y a través de qué estrategia y métodos lo ha hecho.

 

  • “Ubíquese, está usted trabajando en una empresa financiera”

Una amiga que trabajaba en una multinacional dedicada a la investigación social aplicada me contó que, estando en una convención global junto a otros investigadores, el director de la compañía les animó a que expusieran lo que en su opinión necesitaba la empresa. Como él pidió sinceridad en las respuestas, ella se atrevió a decirlo que pensaba y lo que dijo fue que la compañía no debería olvidarse de las cuestiones metodológicas, que resultaba que, siendo las propias del oficio de los allí presentes, cada día estaban más ausentes en las discusiones globales. Enfurecido, el director le espetó que ella no debería olvidar nunca donde estaba: “Ubíquese, está usted trabajando en una empresa financiera”. Mi amiga se quedó atónita ante esa respuesta y al poco tiempo abandonó la compañía. Lo que más le había dolido, me dijo cuando me contó el incidente, era haberse sentido atacada como profesional. También le dolió que ninguno de los presentes pareció inquietarse demasiado y que, aunque todos consideraran excesiva la reacción del jefe, a nadie pareció extrañarle demasiado sus palabras, como si fuera evidente que el hecho de estar trabajando en una compañía financiera llevara consigo hacer a un lado las cuestiones profesionales. ¿Qué habría pasado, se preguntaba, si en lugar de investigadores de mercado el incidente hubiera tenido lugar en una convención de médicos? ¿Cómo habría sonado que les dijeran que sus conocimientos como médicos eran allí lo menos importante porque lo que realmente importaba era el balance de resultados y el valor en bolsa de las acciones? Lo que mi amiga había sentido era que la habían: “vamos a ver si nos situamos, porque una cosa es que usted se crea una profesional y otra muy distinta es lo que usted es aquí”. Era este intento de haberla querido meter en un lugar distinto del que ella, como profesional, se sentía lo que le había descolocado y hecho sentir mal. Y es que no sólo se estaba definiendo su relación con la compañía ―«de su trabajo lo que nos interesa es que nos da dinero», lo cual entra dentro del contrato con cualquier empresa―, sino que también, de algún modo, se estaba definiendo la relación que ella debía mantener consigo misma como profesional: «olvídese de que es una profesional».

 

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  • La profesión como campo de lucha político

Contra el saber de los profesionales

Danièle Linhart, en un artículo titulado Del taylorismo a la gestión moderna: una continuidad sorprendente,[i] explica que las empresas no puede permitirse nunca que el saber esté en manos de los trabajadores, pues ello supondría delegar en estos un poder, el de organizar la producción, que aquella considera indelegable. Por tanto, se les debe despojar de su saber, apropiárselo y replantearlo de manera tal que las cosas se hagan conforme a como las direcciones dicen que se tienen que hacer, esto es, como a ellas les interesa que se hagan. Esto fue en esencia lo que hizo el taylorismo.[ii] Ahora bien, como resulta que en la sociedad del conocimiento parece especialmente difícil despojar al trabajador de su saber,las compañías, según explica Linhart, elaboran algunas estrategias para llevara cabo tal despojo.[iii] Una de ellas, que tiene mucho que ver con lo que le sucedió a mi amiga, consiste en llevar a cabo “una negación perpetua de la profesionalidad de la gente trabajadora”.

 

La profesión como campo de lucha político: la «precarización subjetiva»

En el artículo citado, Linhart, refiriéndose al conocimiento profesional,dice que éste “jamás es neutro”. ¿A qué se refiere Linhart? El conocimiento, explica, “vehiculiza valores de calidad, de eficacia, de utilidad, una ética, una visión del mundo; también objetivos: de preservación de uno mismo y de sus intereses. Ser capaces de desplegar un determinado conocimiento con el que se está identificado conlleva poseer la posibilidad de poner en pie valores y una ética profesional”. No hay, por tanto, un hacer profesional que sea «neutral», en él siempre hay valores en juego, y con frecuencia entran en conflicto unos con otros.[iv] Tomando esto en cuenta, se entiende mejor lo que quiere decir Linhart cuando sostiene que una de las estrategias para despojar al trabajador de su conocimiento es la de llevar a cabo: “una negación perpetua de la profesionalidad de la gente trabajadora”. Lo que se pretende negar son los “valores de calidad, de eficacia y utilidad” que los profesionales han establecido; la “ética” y la “visión del mundo” asociada a la profesión; la identidad que deriva de la posesión de esos valores; y, en fin, el poder que confiere el conocimiento del oficio.

 

Al resultado de este despojamiento Linhart le da el nombre de «precarización subjetiva»: con ella lo que se busca es privar a los trabajadores “de su experiencia, de la profesionalidad que se han construido, del oficio que han adquirido”, dejándolos así en una situación en la que no puedan “oponer a la jerarquía otro punto de vista sobre la manera de trabajar y de concretarla en prácticas que consideran más adaptadas a sus propios valores”, consiguiendo de ellos una “rendición subjetiva, esto es, el consentimiento de los asalariados, de conseguir de ellos el compromiso y la entrega buscados”.[v]

 

Un conflicto siempre presente pero no siempre visible

El conflicto que acabamos de describir se hace más evidente en unas profesiones (médicos, jueces, abogados, periodistas, enseñantes….) que en otras (publicistas, investigadores de mercado, y todo lo que puede englobarse bajo el paraguas genérico de la «consultoría»). Las primeras, más tradicionales, algunas de ellas liberales y otras desarrolladas en el campo de la administración, poseen autonomía suficiente (criterios propios para evaluar lo que es una buena o mala práctica) como para que se haga evidente la agresión que supone el intento de someterlas, mediante la aplicación de ciertas medidas, a otros criterios que les son ajenos. En las segundas, en cambio, la situación es diferente, pues, por un lado, los saberes a ellas asociados no alcanzan en algunos casos la categoría de «disciplinas» y, por otro lado, habiendo nacido —o habiéndose desarrollado— muchas de ellas en el interior de las corporaciones, no han podido alcanzar la suficiente autonomía como para elaborar criterios de evaluación propios. Pero esto no significa ni que dichos criterios no estén presentes, ni que el conflicto de valores y perspectivas no se dé: significa sólo que una de ellas se ha impuesto a tal grado a las otras que resulta difícil percatarse de su existencia incluso para los mismos profesionales que la practican. En lo que sigue nos vamos a centrar en estas últimas.

 

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  • El modelo de profesional que se propone y las evaluaciones de desempeño como mecanismo para su implantación

Las preguntas son: 1) ¿a través de qué mecanismos consigue la empresa implantar su modelo de profesional? Y 2)¿cuál es este modelo? Las evaluaciones individuales de desempeño son, junto con la fijación de objetivos, el mecanismo fundamental para logar, en un mismo acto, el despojo de cualquier otra identidad profesional posible y la implantación de aquella que la empresa considera como la más adecuada para sus necesidades. Su violencia está tan a la vista que resulta difícil percatarse de ella. Los criterios de evaluación que se utilizan se presentan como criterios indiscutibles y objetivos que se imponen con toda la fuerza de la evidencia. Reflejo de la imagen de lo que desde la perspectiva de la empresa se espera que sea un profesional, son, al mismo tiempo, el espejo en que éste debe mirarse para ver en qué medida se adecúa o no al ideal propuesto.

 

Un buen profesional deber ser alguien que: (1) actuando como una “pequeña oficina[vi];(2) hace suyos los valores de la empresa (identificándose con ellos a tal grado que asume sin rechistar que el crecimiento de ésta es condición para el suyo); (3) está dispuesto a anteponer el compromiso con ella al compromiso con sus colegas ycon su propio hacer profesional; y, por último,(4) que reúne toda una serie de atributos de personalidad, que le constituyen como un «empresario de sí mismo» (¡en ocasiones hasta elaboran su propio FODA!); sacados en su gran mayoría de la literatura de autoayuda (abierto a nuevos retos, dispuesto a adaptarse a cualquier cambio, con accountability suficiente como para adelantarse a cualquier deseo de su jefe y conseguir el reconocimiento de éste, competitivo y con ansias de superación, actitud positiva, no dado a la queja…),y ante los cuales uno no puede dejar de preguntarse cuánto dinero ha costado y cuánta violencia ha sido necesaria para que tamaña sarta de estupideces haya acabado, no solo tomándose mínimamente en serio, sino hasta implantándose como criterios para definir lo que es un profesional.

 

Quien haya asistido a una evaluación de desempeño se habrá podido percatar de dos hechos. El primero, que tiene que ver con lo que estamos diciendo, es el terror del evaluado ante el juicio del evaluador, como si en ello le fuera la vida —y, ciertamente, le va, pues, despojado de su identidad profesional, está en una situación tal que ha otorgado a la empresa el poder para determinar lo que vale o no vale—. El segundo es lo poco que en ellas se habla de cuestiones relacionadas con el oficio concreto del evaluado (“Los saberes, los conocimientos, la experiencia y la profesionalidad, de eso no se habla, no son evocados como cualidades clave, más bien aparecen como obstáculos”, dice Linhart).

 

Ambos hechos están relacionadas: el hacer a un lado las cuestiones que más tienen que ver con lo propio del oficio conduce al trabajador a una situación de despojo («precariedad subjetiva») tal que éste pretenderá cubrir su desnudez con las vestimentas de la nueva identidad otorgada por la empresa. De este modo se está construyendo un profesional para quien el trabajo se ha convertido en “una ocasión, una oportunidad para realizar aspiraciones personales, para conocerse a uno mismo gracias a los desafíos que plantea una dirección de recursos humanos que exige la excelencia permanentemente, la entrega total, la disposición a arriesgarse” (Linhart).

 

  • Reflexión final

No deja de resultar paradójico que, en una economía en la que supuestamente el conocimiento resulta clave, se esté dando un ataque al saber profesional como el que se acaba de describir. ¿No debería estar ocurriendo exactamente todo lo contrario?, ¿no se deberían estar favoreciendo los criterios profesionales en lugar de los de la empresa?, ¿cómo pueden estar funcionando las cosas a pesar de todo? Lo más probable es que a pesar —y a la contra— de la locura que las medidas neoliberales traen consigo, los profesionales siguen haciendo más o menos bien su trabajo; aunque, eso sí, con el sufrimiento que implica, al menos para aquellos que no se han rendido completamente, tener que hacerlo en una situación en la que lo que se les reconoce no es tanto su trabajo real como su entrega a la empresa y atributos de personalidad.

 

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[i]http://vientosur.info/spip.php?article11464

[ii] “Por tanto, explicita Taylor, es necesario buscar en la cabeza de los obreros y obreras todos los conocimientos que detentan para trasmitirlos a expertos que, en las oficinas, con la ayuda de la ciencia, digamos, imparcial, neutra y objetiva, decidirán la mejor forma de trabajar. Como se sabe, esto conllevará desmembrar el trabajo en tareas elementales que se realizan con gamas operacionales detalladas e imperativos asociados a los plazos definidos. En adelante, los obreros y obreras ya no actúan sobre su trabajo, sino que son afectados por la organización del trabajo”. (Linhart, en el artículo citado). Es decir, que el taylorismo se hizo con el modo de hacer las cosas de los trabajadores, rediseño la forma de hacerlas de acuerdo a su conveniencia, presentó su rediseño como «científico» y se lo impuso a los trabajadores como algo «neutral», «imparcial» y «objetivo».

[iii] Linhart cita las siguientes: a) una política de “individualización sistemática”, a través de la que se les dificulta a los trabajadores “elaborar conocimientos ―adaptados a sus reglas de oficio y valores profesionales―, verificarlos y sentirse confiados”; b) la implantación por parte de las direcciones de “políticas de cambio permanente”, a través de la que “obligan a las plantillas a «salir de su zona de confort»” creando “un contexto que cambia a toda velocidad” con la consiguiente aceleración de la “obsolescencia de las experiencias de los trabajadores y trabajadoras”; c) una ofensiva ideológica que pretende inculcar la idea de que todos los cambios que se introducen son absolutamente necesarios para la supervivencia de la empresa en un entorno competitivo, lo que implica, naturalmente que los trabadores hagan suyos los intereses de la empresa, los acepten como auténticos retos e intenten cumplirlos como si les fuera en ello la vida y d) lo que denomina como “una negación perpetua de la profesionalidad de la gente trabajadora”.

[iv] Con toda seguridad, la forma que tiene un laboratorio farmacéutico de definir la utilidad y la calidad de la práctica médica no es la misma que la del médico (siempre que éste, claro está, haya luchado por mantener un grado de decencia mínimo que su profesión exige y no  se haya convertido un mero dispensador de los productos del laboratorio). Y si en lugar de la práctica médica, pensamos en otras ―abogados, jueces, periodistas o profesores universitarios, por ejemplo― nos será relativamente fácil percatarnos de que no hay una única manera de ejercer una profesión sino que en cada caso los profesionales deben optar por cómo hacerlo; es decir, deber tomar una posición ante ellas y ante sí mismos.

[v] “Pero lo que les hace la vida todavía más difícil reside en esta estrategia managerial de precarización subjetiva que busca privarlos de su experiencia, de la profesionalidad que se han construido, del oficio que han adquirido (…) Consiste en una puesta bajo tensión, un debilitamiento de los asalariados, con vistas a retirarles las referencias, los apoyos, los recursos susceptibles de procurarles una cierta libertad de mente, permitiéndoles oponer a la jerarquía otro punto de vista sobre la manera de trabajar y de concretarla en prácticas que consideran más adaptadas a sus propios valores. Esta debilitamiento lo que hace es asediar a los asalariados con el objetivo de que depongan las armas, y hagan acto de sumisión subjetiva a la racionalidad de la empresa, a sus criterios de eficacia, de rentabilidad y, por tanto, a sus criterios de calidad. Esta ofensiva tiene en el punto de mira la experiencia de los asalariados y el oficio, dos pilares fundamentales que confieren a los asalariados una capacidad de controlar, de dominar su trabajo, de afirmarse a través del trabajo, que les aportan legitimidad a la hora de hacerse escuchar, para no someterse sin más a órdenes que les parecen alejadas de las reglas del oficio, de los conocimientos acumulados en la función o en el puesto. En muchas empresas modernas del sector privado, aunque también del sector público, se observa actualmente –con la finalidad de arrancar la rendición subjetiva, esto es, el consentimiento de los asalariados, de conseguir de ellos el compromiso y la entrega buscados, (…) Despojar a los asalariados de su experiencia es ponerlos a la intemperie, obligarlos a moverse sin red, sin brújula, permanentemente en el filo de la navaja en la realización de sus tareas y obligarlos así a aferrarse in extremis a las lógicas que emanan de su empresa. (…)”http://roderic.uv.es/bitstream/handle/10550/48906/73-82.pdf?sequence=1&isAllowed=y

[vi] “Les toca a ellos, en función de objetivos y medios que les son asignados, conseguir el uso más eficaz de sí mismos desde el punto de vista de su dirección, transformarse en pequeñas oficinas de tiempos y de métodos para aplicarse a sí mismos la filosofía de la economía sistemática de costes y de tiempos. Tienen seguramente más autonomía pero en función de objetivos y de medios que les son impuestos, y con la necesidad de recurrir a ciertos procedimientos, métodos estándar, procesos elaborados minuciosamente por consultorías y también impuestos, y someterse a controles incesantes bajo forma de trazabilidad e informes”. (Linhart)

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